En el zaguán de entrada de la casa que fue de mi infancia y de mi niñez, y antes también la casa en la que mi abuela Cristiana vivió de soltera con sus hermanos y luego de casada nacieron sus dos hijas y tres de sus cuatro nietos pasaron parte de sus vidas, había entre el artesonado y el arco de medio punto de la cancela que daba paso al patio interior un bellísimo retablo cerámico de la Virgen de los Reyes, pintado de colores delicadamente añiles y enmarcado en unas trabajadas molduras de escayola que trataban de asemejar, al menos la altura así lo favorecía, alguna noble madera.