Gudú nació fruto del amor de su madre Ardid y del rey Volodosio. Pero su vida, luego, fue el fatal resultado del desamor y del resentimiento que ésta experimentó cuando la abandonó el apasionado favor del rey. Ardid proyectó el futuro de su hijo con primoroso amor de madre... y también con el rencor de una mujer con el corazón herido.
Tetis quiso proteger a su hijo Aquiles escondiéndolo en el gineceo y Ardid a Gudú protegiéndole el corazón con una mágica copa de cristal para que nunca pudiera amar a nadie, ni a su propia madre, a la que sí admiró sobremanera, por su sabiduría y su astucia, pero no amó.
Indebidamente, Ardid calculó por Gudú un balance de costos y beneficios que solo a él correspondía haber hecho, y concluyó que era mejor para su hijo, ¡mejor para que su hijo fuese mejor rey que su padre!, vivir privado de amor que vivir asumiendo el inevitable sufrimiento que éste conlleva.
Cabe la duda de qué quiso más Ardid, si a su hijo o a su tan meditado proyecto de vida para él ¡Ay! Esos padres que quieren más al hijo idealizado que al hijo de "carne y hueso", que se quieren ellos en sus hijos más que a sus mismos hijos ¡Ay! Esos padres que tratan de saldar en la vida de sus hijos las cuentas de sus propias vidas.
Es cierto que los hijos no se tienen; se son: uno es sus hijos; y, por tanto, tomar distancia de ellos, para dejarlos vivir, puede ser una dolorosa contorsión parental. Pero también es cierto que nadie puede, ¡debe!, vivir por nadie, por miedo a que malogre su vida. Los limites entre el bien y el mal, a veces, se difuminan igual que las lindes sobre la arena.
Además de esta meditación sobre la paternidad, en Olvidado Rey Gudú se advierte una doble tesis antropológica de muy hondo calado. Primero, vivir consiste en transcender, en dejarse llevar por el deseo, el desvelamiento, del más allá, de alcanzar lo que no se ve, lo que nadie sabe.
Segundo, vivir consiste en desvivirse, porque la realización del deseo y el conocimiento de lo que se cree imposible de desentrañar, destruye la propia vida. Cómo es posible, se pregunta Gudú, que lo que tanto se desea, al cabo, produzca tanta insatisfacción. La voluntad queriente siempre es mayor que el objeto querido, dice Blondel.
La vida necesita un propósito distinto de ella. La vida es transitiva. A la vida no le basta vivir por vivir, sino que necesita algo de lo que vivir, para lo que vivir y por lo que vivir. La vida necesita un sentido, hasta el punto de que el sinsentido le vale como sentido, por eso, como diría Camus, pocos ejecutan el gesto definitivo.
Que su hijo Gudú fuese rey de Olar fue el deseo que rigió, y también destruyó, la vida de Ardid. El dominio de la ignota estepa, desencantar el temido misterio de sus antepasados, fue el deseo que hizo grande, y también arruinó, la vida de Gudú.
El inconveniente de vivir, parece decir Ana María Matute, está en que, al vivir con una intención que le dé sentido a la vida, sin querer ésta se deshace. Vivir es hacerse y hacerse es deshacerse. Vivir es desvivirse en algo, por algo, para algo.
La clave está en darse cuenta, a tiempo, de que el algo de la vida no es algo sino alguien. El modo excelente de transcender, desentrañar el misterio, no es conocer, sino amar. Almíbar, el Trasgo, el Hechicero... transcendieron porque amaron a Ardid, igual que Ardid transcendió cuando amó a Tontina, a Dolinda, a Gudulina, a Gudulín, a Contrahecho, a Raigo, a Raiga... Y todos, eso sí, sufrieron.
Lo cual es la primera de las dos tesis epistemológicas que la autora desliza en su Olvidado Rey Gudú. Dicho con propiedad, la vida, para hallarle un sentido, no es objeto de la razón instrumental, la de Gudú, sino de la razón sentiente. Horkheimer lo vio; Zubiri lo entendió.
La ficción y la realidad se entretejen en el relato con absoluta normalidad, hasta el punto de que el Trasgo no parece al lector menos real que el Hechicero, y Tontina resulta una especie de híbrido que hábilmente cabalga entre la ficción y la realidad, hasta confundirse las dos en ella. Es la segunda tesis epistemológica de la novela:
En la vida, parece querer decir la autora, no hay diferencia entre la realidad y la ficción. Al menos, ella literariamente le otorga a las dos el mismo nivel ontológico. En la narración, a la vida, temporalmente, le sigue la ficción. Los personajes, cuando mueren, irrumpen en la ficción, de la cual solo entra y sale el Niño Once, que teje el tiempo del derecho y del revés, destreza que ni Penélope tuvo.
Quizás comúnmente llamemos realidad a aquella ficción de la que todavía no nos hemos dado cuenta que es ficticia. Quizás haya realidades que comúnmente hacemos pasar por ficticias, y ficciones que comúnmente hacemos pasar por reales. Lo cierto es que la "bruta realidad", desposeída de significado, no le es dada al hombre.
No hay facta sino noemata. No hay pragmata sino cogitata. Sí, es algo muy husserliano. El mundo fuera de nuestras cabezas es noúmeno. El mundo sin semántica es hipótesis, a lo más, postulado. Quizás la verdad sea que todo lo real es ficción y que toda ficción es real, una especie de trasunto fantástico a la hegeliana manera.