"Es increíble cuánta elasticidad tiene el ser humano y cómo, incluso en las situaciones más extremas de miseria y dolor, el hombre sigue aferrándose a la vida con una fuerza que parece tanto más poderosa cuanto más insoportable es su situación"
(Tolstoi, Guerra y paz)
De joven no alcancé a entenderlo en toda su profundidad; ahora creo que sí: ¿por qué Shakespeare no llegó a suicidarse después de la muerte de su hijo Hamnet? Es decir, ¿por qué Hamlet no se suicidó después de que su tío carnal, tras haber asesinado a su padre, le arrebatara la corona con la impúdica complicidad de su madre? La respuesta está en el famosísimo soliloquio de la escena cuarta del acto tercero, que esta vez he degustado como nunca antes:
¡Ser o no ser; he aquí la cuestión! ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?
Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza? Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos.
Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién si esto no fuese aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su inquietud con solo un puñal?
¿Quién podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, sino fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes.
Que la muerte no sea solo dormir, a la espera del despertar definitivo, que también sea soñar y que los mismos, o incluso peores, sufrimientos que los tenidos en esta vigilia, que es la vida presente, puedan continuar en ese sueño, era la creencia, mejor, el terrible miedo que, tanto en su vida real como en la fingida de Hamlet, le restaba a Shakespeare la libertad y el arrojo necesarios para zafarse de la vida cuando estimó que vivir no merecía la pena:
Ésta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. Este miedo a soñar dormido es lo que ante el dilema crucial -ser o no ser, vivir o no vivir, persistir o desistir- le hace preferir seguir atado a una vida infeliz.
Instalado en esta creencia, se entiende el cuidado de Hamlet, cuando tramaba el asesinato de su tío Claudio, para conseguir que éste muriera en pecado y que su sueño fuera una maldita pesadilla! Realmente, la venganza que urdía contra él no consistía en hacerlo dormir, en arrebatar la vida al rey impostor, sino en forzarlo a soñar con el castigo eterno que su vil pecado, haber matado al rey legítimo, le habría de deparar una vez despertara a la eternidad.
La elección de Hamlet por la vida aun al precio de alargar la infelicidad, me hace recordar la aseveración de Tolstoi en Guerra y paz: el ser humano nunca encuentra su vida tan insoportable como para no seguir aferrado a ella. Su elasticidad, asegura Tolstoi, su capacidad de adaptación a las situaciones más extremas, es mayor que la adversidad a la que se enfrenta.
Tolstoi había leído a Schopenhauer y estaba de acuerdo con él en que la vida tiene una obstinada voluntad de vivir. A toda costa, la vida quiere vivir. Pero para el alemán, esta vehemencia es una fuerza irracional: la fuerza de la vida, indómita, no atiende a la razón, no atiende a nada y por eso, a partir de cierto punto, su contumacia llega a ser absurda; para el ruso, dicha voluntad tampoco atiende a la razón, sino a Dios, quien la inspira y la sostiene. La misma potencia de vivir para uno carece de propósito y conduce al sinsentido y para el otro su propósito deviene de Dios, que es garante de sentido.
Para no ser atropellado ni arrollado en vida por esta incontrolable y tozuda voluntad de vivir de la propia vida, el hombre suele contar con la "complicidad" de algún portentoso "ardid cultural" que le permite blindar a la vida misma y dotarla de un sentido que le evite, o le aminore, su riesgo de inteligentemente disentir de ella y de libremente renunciar a ella.
Ello es el riesgo de Shakespeare con príncipe Hamlet y de Tolstoi con el aristócrata Pierre y con tantas decenas de miles de míseros soldados rusos que combatían contra Napoleón: todos se agarran al "ardid cultural" que tienen más a mano para no desertar de la vida pese a la exagerada dureza con que ésta se les muestra. En particular, caso de especial interés es el de Pierre, uno de los protagonistas de Guerra y paz, al que, pese a su enorme riqueza material, ninguno de los "ardides" a su alcance le satisfacía para dar solución definitiva al dilema de vivir.
Así sucede que la voluntad de vivir suele ser la raíz más profunda de cualquier forma de cultura, que en última instancia se remonta en su razón de ser a esta propensión vital; y la cultura, el seguro de vida de la vida misma. Por eso, antes la religión, tan capaz de inspirar miedo (Shakespeare) como esperanza (Tolstoi), en cualquier caso, fue extremadamente válida para conseguir que el hombre no desistiera de vivir a toda costa, incluso cuando vivir, a causa del sufrimiento, llega a ser indigno e inhumano.
En cambio, ahora, al menos en las sociedades occidentales, parece que se está a la espera de que se produzca otra vez el paso del mito al logos; a la espera de que la superación de la muerte deje de ser el más destacado artículo de fe de una difusa "religión posteísta" y se convierta en el más honorable éxito de ciencia; en suma, a la espera de que la vida se haga transparente a sí misma gracias a una ínfima porción de vida inteligente llamada hombre, que hace enormes proezas, aunque todavía inconclusas, con la ingeniería genética, la biología sintética, la medicina regenerativa, la Inteligencia Artificial, la transposición de las químicas del carbono y del silicio de un soporte orgánico a otro inorgánico y viceversa...
Pero ahora, mientras eso ocurre, o no, ¡cuán largo me lo fiais!, en el imaginario dominante del Occidente contemporáneo morir es morir del todo (pobre Horacio) y su única expectativa de vida futura es la ilimitada persistencia en la vida presente, de modo que, para el hombre común, vivir, más que la ciega obediencia a un instinto capaz de generar vida, es la ciega obediencia a una "adicción" que constriñe la vida.
Sin mitos, éstos quedaron atrás o muy debilitados, y sin logos, éste todavía no ha llegado a su culmen, la conciencia contemporánea asiste con frecuencia al doble reduccionismo de la vida: primero al término del consumo que, cifrado en la semántica del verbo tener y comprar, es la versión actual, postmoderna, del materialismo clásico, y segundo al término de la emoción que, cifrado en la semántica del verbo sentir y experimentar, es la versión actual del irracionalismo moderno.
El instinto de vivir, la voluntad de vivir, en amplios sectores del Occidente secularizado contemporáneo se ha emponzoñado. Desaviado de mitos que entusiasmen y aglutinen, el hombre de este tiempo cada vez exhibe menos aquella heroica gallardía de vivir que podía encontrarse en el lúcido descreído de antes, al que el balance de la vida le salía correctamente negativo, porque sabía que en la vida, de veras, lo puesto por lo quitado y lo que hay por lo que falta, a partir de cierto límite de sufrimiento, no es suficiente para seguir aferrado a ella, ni con las temerosas maneras shakespearianas ni con las esperanzadas maneras tolstoyanas.
Antes, la minoría selecta que vivía sin escatología, sin mito, sabía qué hacer con una vida que es solo presente; en cambio, ahora, que solo una minoría sigue viviendo con escatología, se advierte una dificultad creciente para llenar de sentido el presente de una vida sin futuro.
La masa sigue siendo masa. Antes porque la religión, decía Marx, era su opio; ahora porque su opio es tener y experimentar hasta la extenuación. El consumo y la emoción sin descansos y sin otro propósito aparente que el de escapar, huir, de un difuso miedo a no tener el presente lleno hasta rebosar, son el genérico programa de vida de amplias capas del Occidente contemporáneo.
Un vitalista, siempre en lucha con la escatología, como fue Unamuno, hacía gritar en Niebla a su angustiado protagonista: "Vida, más vida. Yo, más yo". En amplios sectores del Occidente secularizado contemporáneo, el hombre religiosamente descreído, sin otro mito que le compense la falta, grita: "Emoción, más emoción. Cosas, más cosas". Su obstinación de vivir es "dopamínica" y puede que no menos ciega que la de quienes antes, por religión, vivían sin entender las "matemáticas de la vida".
Escribió Yourcenar que hubo un tiempo en que el hombre estuvo solo, porque los dioses ya habían muerto y el cristianismo todavía no había nacido. Solo, es decir, carente de mitos. El hombre de este tiempo vive como puede, en un impasse, en un vacío, en una situación asimilable a la apuntada por Yourcenar, pero quizá más desamparada. Falto de "ardid", es náufrago de sentido y "nadea", más que nada, a la espera de que la ciencia cumpla, o no, su promesa de hacer transparente la vida a la misma en la insignificancia intelectual del hombre.
Adriano, en su soledad, tuvo a mano la arquitectura ética del estoicismo y del epicureísmo; en cambio, el hombre de hoy, a mano, tiene propuestas más fragmentarias, tal que el ecologismo, el animalismo, el feminismo y otros derivados de la llamada cultura woke. En aquel interregno la soledad fue una forma de libertad, que permitió al individuo sostenerse sobre su propia razón; en éste, los nuevos "ardides" parecen apenas suturas grupales, insuficientes para evitar que la vida se deshaga entre las manos cuando el presente deja de estar lleno hasta rebosar.