Prefieren creer a juzgar

Como todos prefieren creer a juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa (Séneca, Sobre la felicidad)


sábado, 28 de febrero de 2026

El 4 de abril que la escuela no sabe enseñar

"Esa era la sutileza definitiva: provocar conscientemente la inconsciencia para después, una vez más, hacerse inconsciente del acto de hipnosis que uno acaba de llevar a cabo" (G. Orwell, 1984)


Acabo de releer 1984 de G. Orwell y me quedo con esta desasosegante pregunta: ¿es real la democracia hoy en día? Jamás en la historia el "poder" había dispuesto de herramientas que le permitieran un nivel de vigilancia y de control tan profundo y exhaustivo como el que tiene ahora.

Cuesta creer que tal potencial tecnológico permanezca ocioso. Basta observar cómo la "minería de datos" insensiblemente ha pasado de ser una formidable herramienta comercial a una fabulosa "arma" de arquitectura política, o cómo ciertos dispositivos de uso cotidiano se han revelado como "centinelas silenciosos" al servicio de intereses de diversa naturaleza que no conocen frontera ni control político.

Las democracias, que en el S. XX se hicieron fuertes como reacción sociopolítica a la barbarie de los totalitarismos de uno y otro signo, parece que insensiblemente se van vaciando de sí mismas y convirtiendo en una suerte de nuevo "totalitarismo" de cuño tecnológico en el que el trasiego ideológico es solo una distracción de índole política al servicio del poder económico, que es el verdadero poder. 

Hasta ahora las democracias salvan más o menos las apariencias porque el debate de la libertad, por lo general, sigue romamente planteado en la mera ausencia de impedimentos materiales, legales y morales que puedan entorpecer la realización de la "libre" voluntad de los ciudadanos, y no en la gestación misma de su voluntad.

Entendida así la libertad, cabría pensar que a mayor nivel de vida y de seguridad jurídica, más libertad habría. Pero esto es verdad solo a medias. Ningún hombre habría podido ser tan libre como el de la contemporánea sociedad del bienestar, especialmente si se considera que nunca antes el ser humano había estado tan escolarizado y cultivado académicamente como él. Esta democratización del saber debería ser la garantía última de su autonomía, de la soberanía intelectual sobre sus creencias y su estilo de vida.

Sin embargo, es razonable pensar que, en realidad, éste es un hombre fallidamente libre y que en el origen de dicho fracaso está la omnipresencia tecnológica. Bajo la apariencia de comodidad, estas herramientas han entregado el control de la vida privada y, más aún, de los mecanismos de gestación de las apetencias y, en consecuencia, de la voluntad a los poderes fácticos, ya sean éstos económicos, políticos o sociales.

Decía Schopenhauer que nadie es libre de su propia voluntad, que nadie puede elegir lo que quiere. Se puede elegir si realizarlo, pero no si quererlo. De ahí la gravedad de que hoy el "poder" tenga este poder y además lo pueda ejercer con más sutileza, discreción y eficacia que nunca. Esto hace creer que la libertad tiene hoy más de evanescente sensación que de efectivo derecho individual. El rastro digital que deja el ciudadano al vivir es tan abismal e inevitable que, debidamente "metabolizado" por la portentosa inteligencia artificial, conduce a un novedoso determinismo sociotecnológico de la voluntad.

Hoy habitamos un entorno digital diseñado con la precisión de un laboratorio para que no se pueda salir de él. El teléfono se consulta más de ochenta veces al día, muchas sin estímulo externo que lo provoque, solo por puro reflejo. La publicidad parece escuchar conversaciones que nunca se autorizaron. Y los algoritmos que deciden lo que uno lee, no trabajan para su información, sino para su retención, porque su atención es la mercancía. No hay censura. No hace falta; basta con elegir cuidadosamente lo que el usuario nunca llega a ver.

Poder echar una papeleta en la urna electoral cada vez se lo soliciten le hace sentir el hombre más libre de la Historia, olvidándose de que también es el hombre más vigilado.

Si el esclavo pudo dejar de ser propiedad para convertirse en persona y el proletario pudo pasar de ser herramienta de producción a sujeto de derechos, el ciudadano bigdata también podrá aprender a ser disidente en la sociedad de la transparencia. Pero para eso necesitará saber lo que no sabe: que su voluntad no es suya.

Por eso, lamentablemente poco se dice lo apremiante que es hoy una educación que siembre en el alumno la semilla de la sospecha inteligente, de manera que consiga su propio "4 de abril de 1984", fecha en la que Winston Smith, protagonista de 1984, empezó a escribir su diario, es decir, empezó a permitirse dudar de la realidad en que vivía, de su inevitabilidad.

En un momento en el que las ciencias humanas, en comparación con las ciencias experimentales, están tan desprestigiadas, el estudio de la Historia se hace imprescindible para entender que el presente, también el de hoy, no es inevitable; y el de la Literatura, para entender desde dentro de los personajes los mecanismos profundos por los que la voluntad humana se deja conducir, seducir o domeñar. Winston Smith es un espejo en el que el ciudadano de hoy está obligado a mirarse.

Los bonsáis ya no se hacen mediante el arte de la poda meticulosa, sino de la manipulación genética de sus semillas, de modo que en su naturaleza esté no "querer" crecer. La inteligencia de una voluntad domeñada no sabe imaginar lo que no hay, ni inventar otra realidad cuando ésta no le causa insatisfacción.

Ninguna legión de soldados ni de confesores lo habían conseguido con tan extremo éxito como hoy los algoritmos que tejen la realidad digital desde cuyo interior el ciudadano se asoma a la realidad sin sospechar que cuanto ve sea solo una cavernosa sombra.

sábado, 14 de febrero de 2026

Ser o no ser en un tiempo sin mitos

 "Es increíble cuánta elasticidad tiene el ser humano y cómo, incluso en las situaciones más extremas de miseria y dolor, el hombre sigue aferrándose a la vida con una fuerza que parece tanto más poderosa cuanto más insoportable es su situación"

(Tolstoi, Guerra y paz)


En estos días pasados, invernales hasta el hartazgo, he releído Hamlet en el mismo libro en el que, por primera vez, lo leí hace casi cuarenta años. El tacto ajado, el color amarillento y el olor acre de las páginas de algunos de mis libros más queridos, me hacen caer en la cuenta de que el mismo tiempo que a ellos los ha hecho envejecer a mí además me ha hecho madurar como lector, de modo que ya no soy tan impaciente como era y, poco a poco, aprendí a rumiar y a dejar que los libros, cada uno a su ritmo, se me deslíen y se me deshagan en la memoria, en la fantasía, en la razón, en los afectos... El tiempo me ha favorecido con un metabolismo lector reposado.

De joven no alcancé a entenderlo en toda su profundidad; ahora creo que sí: ¿por qué Shakespeare no llegó a suicidarse después de la muerte de su hijo Hamnet? Es decir, ¿por qué Hamlet no se suicidó después de que su tío carnal, tras haber asesinado a su padre, le arrebatara la corona con la impúdica complicidad de su madre? La respuesta está en el famosísimo soliloquio de la escena cuarta del acto tercero, que esta vez he degustado como nunca antes:

¡Ser o no ser; he aquí la cuestión! ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?

Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza? Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos.

Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién si esto no fuese aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su inquietud con solo un puñal?

¿Quién podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, sino fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes.

Que la muerte no sea solo dormir, a la espera del despertar definitivo, que también sea soñar y que los mismos, o incluso peores, sufrimientos que los tenidos en esta vigilia, que es la vida presente, puedan continuar en ese sueño, era la creencia, mejor, el terrible miedo que, tanto en su vida real como en la fingida de Hamlet, le restaba a Shakespeare la libertad y el arrojo necesarios para zafarse de la vida cuando estimó que vivir no merecía la pena:

Ésta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. Este miedo a soñar dormido es lo que ante el dilema crucial -ser o no ser, vivir o no vivir, persistir o desistir- le hace preferir seguir atado a una vida infeliz.

Instalado en esta creencia, se entiende el cuidado de Hamlet, cuando tramaba el asesinato de su tío Claudio, para conseguir que éste muriera en pecado y que su sueño fuera una maldita pesadilla! Realmente, la venganza que urdía contra él no consistía en hacerlo dormir, en arrebatar la vida al rey impostor, sino en forzarlo a soñar con el castigo eterno que su vil pecado, haber matado al rey legítimo, le habría de deparar una vez despertara a la eternidad.

La elección de Hamlet por la vida aun al precio de alargar la infelicidad, me hace recordar la aseveración de Tolstoi en Guerra y paz: el ser humano nunca encuentra su vida tan insoportable como para no seguir aferrado a ella. Su elasticidad, asegura Tolstoi, su capacidad de adaptación a las situaciones más extremas, es mayor que la adversidad a la que se enfrenta.

Tolstoi había leído a Schopenhauer y estaba de acuerdo con él en que la vida tiene una obstinada voluntad de vivir. A toda costa, la vida quiere vivir. Pero para el alemán, esta vehemencia es una fuerza irracional: la fuerza de la vida, indómita, no atiende a la razón, no atiende a nada y por eso, a partir de cierto punto, su contumacia llega a ser absurda; para el ruso, dicha voluntad tampoco atiende a la razón, sino a Dios, quien la inspira y la sostiene. La misma potencia de vivir para uno carece de propósito y conduce al sinsentido y para el otro su propósito deviene de Dios, que es garante de sentido.

Para no ser atropellado ni arrollado en vida por esta incontrolable y tozuda voluntad de vivir de la propia vida, el hombre suele contar con la "complicidad" de algún portentoso "ardid cultural" que le permite blindar a la vida misma y dotarla de un sentido que le evite, o le aminore, su riesgo de inteligentemente disentir de ella y de libremente renunciar a ella.

Ello es el riesgo de Shakespeare con príncipe Hamlet y de Tolstoi con el aristócrata Pierre y con tantas decenas de miles de míseros soldados rusos que combatían contra Napoleón: todos se agarran al "ardid cultural" que tienen más a mano para no desertar de la vida pese a la exagerada dureza con que ésta se les muestra. En particular, caso de especial interés es el de Pierre, uno de los protagonistas de Guerra y paz, al que, pese a su enorme riqueza material, ninguno de los "ardides" a su alcance le satisfacía para dar solución definitiva al dilema de vivir.

Así sucede que la voluntad de vivir suele ser la raíz más profunda de cualquier forma de cultura, que en última instancia se remonta en su razón de ser a esta propensión vital; y la cultura, el seguro de vida de la vida misma. Por eso, antes la religión, tan capaz de inspirar miedo (Shakespeare) como esperanza (Tolstoi), en cualquier caso, fue extremadamente válida para conseguir que el hombre no desistiera de vivir a toda costa, incluso cuando vivir, a causa del sufrimiento, llega a ser indigno e inhumano.

En cambio, ahora, al menos en las sociedades occidentales, parece que se está a la espera de que se produzca otra vez el paso del mito al logos; a la espera de que la superación de la muerte deje de ser el más destacado artículo de fe de una difusa "religión posteísta" y se convierta en el más honorable éxito de ciencia; en suma, a la espera de que la vida se haga transparente a sí misma gracias a una ínfima porción de vida inteligente llamada hombre, que hace enormes proezas, aunque todavía inconclusas, con la ingeniería genética, la biología sintética, la medicina regenerativa, la Inteligencia Artificial, la transposición de las químicas del carbono y del silicio de un soporte orgánico a otro inorgánico y viceversa...

Pero ahora, mientras eso ocurre, o no, ¡cuán largo me lo fiais!, en el imaginario dominante del Occidente contemporáneo morir es morir del todo (pobre Horacio) y su única expectativa de vida futura es la ilimitada persistencia en la vida presente, de modo que, para el hombre común, vivir, más que la ciega obediencia a un instinto capaz de generar vida, es la ciega obediencia a una "adicción" que constriñe la vida. 

Sin mitos, éstos quedaron atrás o muy debilitados, y sin logos, éste todavía no ha llegado a su culmen, la conciencia contemporánea asiste con frecuencia al doble reduccionismo de la vida: primero al término del consumo que, cifrado en la semántica del verbo tener y comprar, es la versión actual, postmoderna, del materialismo clásico, y segundo al término de la emoción que, cifrado en la semántica del verbo sentirexperimentar, es la versión actual del irracionalismo moderno.

El instinto de vivir, la voluntad de vivir, en amplios sectores del Occidente secularizado contemporáneo se ha emponzoñado. Desaviado de mitos que entusiasmen y aglutinen, el hombre de este tiempo cada vez exhibe menos aquella heroica gallardía de vivir que podía encontrarse en el lúcido descreído de antes, al que el balance de la vida le salía correctamente negativo, porque sabía que en la vida, de veras, lo puesto por lo quitado y lo que hay por lo que falta, a partir de cierto límite de sufrimiento, no es suficiente para seguir aferrado a ella, ni con las temerosas maneras shakespearianas ni con las esperanzadas maneras tolstoyanas.

Antes, la minoría selecta que vivía sin escatología, sin mito, sabía qué hacer con una vida que es solo presente; en cambio, ahora, que solo una minoría sigue viviendo con escatología, se advierte una dificultad creciente para llenar de sentido el presente de una vida sin futuro.

La masa sigue siendo masa. Antes porque la religión, decía Marx, era su opio; ahora porque su opio es tener y experimentar hasta la extenuación. El consumo y la emoción sin descansos y sin otro propósito aparente que el de escapar, huir, de un difuso miedo a no tener el presente lleno hasta rebosar, son el genérico programa de vida de amplias capas del Occidente contemporáneo.

Un vitalista, siempre en lucha con la escatología, como fue Unamuno, hacía gritar en Niebla a su angustiado protagonista: "Vida, más vida. Yo, más yo". En amplios sectores del Occidente secularizado contemporáneo, el hombre religiosamente descreído, sin otro mito que le compense la falta, grita: "Emoción, más emoción. Cosas, más cosas". Su obstinación de vivir es "dopamínica" y puede que no menos ciega que la de quienes antes, por religión, vivían sin entender las "matemáticas de la vida".

Escribió Yourcenar que hubo un tiempo en que el hombre estuvo solo, porque los dioses ya habían muerto y el cristianismo todavía no había nacido. Solo, es decir, carente de mitos. El hombre de este tiempo vive como puede, en un impasse, en un vacío, en una situación asimilable a la apuntada por Yourcenar, pero quizá más desamparada. Falto de "ardid", es náufrago de sentido y "nadea", más que nada, a la espera de que la ciencia cumpla, o no, su promesa de hacer transparente la vida a la misma en la insignificancia intelectual del hombre.

Adriano, en su soledad, tuvo a mano la arquitectura ética del estoicismo y del epicureísmo; en cambio, el hombre de hoy, a mano, tiene propuestas más fragmentarias, tal que el ecologismo, el animalismo, el feminismo y otros derivados de la llamada cultura woke. En aquel interregno la soledad fue una forma de libertad, que permitió al individuo sostenerse sobre su propia razón; en éste, los nuevos "ardides" parecen apenas suturas grupales, insuficientes para evitar que la vida se deshaga entre las manos cuando el presente deja de estar lleno hasta rebosar.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Alatriste y la única fe posible

¿En pleno Siglo de Oro, en la católica España, acaso era posible que un hombre común, no uno escogido, dígase un Descartes, un Hobbes, un Spinoza, se pudiera desenvolver, como Alatriste, con una moral religiosamente fría, solo laica, incluso pragmática? Es la pregunta que me planteaba en el post anterior.

Pérez Reverte quiere que ello sea posible. Es verdad que su personaje Alatriste no pudo salirse de su tiempo, pero sí distanciarse al menos lo suficiente para no quedar impersonalmente atrapado en él. No podía concebir el Mundo fuera de las mismas coordenadas en las que él mismo estaba plantado, pero sí ver a Dios y a su Iglesia y a la Patria y a su Rey a cierta distancia. No era un hombre de vanguardia, pero sí un transgresor.

Llegar a salirse de su tiempo implica deshacerse de las creencias en las que uno nace y ello es muy difícil, una proeza imposible para casi todos, no solo por el esfuerzo de clarividencia intelectual que requiere sospechar de que lo que parece necesaria realidad, en realidad, solo es arbitraria fabulación, sino también de fortaleza de carácter porque, una vez fuera de la realidad en la que el resto vive, el extemporáneo tiene que atenerse a una de estas dos alternativas:

O vivir en ninguna parte, es decir, en la nada, y el nihilismo, a la vista está hoy en día, es el mayor antagonista de la vida: o vivir en el futuro, en un tiempo todavía in fieri, inexistente para la mayoría y, por tanto, estar dispuesto a pagar a los coetáneos el precio de la excomunión, que es el peor de los castigos, porque nadie es humano a solas, socialmente desemparentado, ni siquiera el novelesco Alatriste, que era el que era, gracias a Íñigo, a la Lebrijana, a Quevedo, a Copons, a Guadalmedina... con quienes les unía una lealtad inusual, pero suficiente.

Y es precisamente esta lealtad la que hace de Alatriste alguien afortunado a pesar del peso de la contingencia de la vida. El novelista le ha otorgado la suerte y el acierto, las dos cosas, de encontrar en la vida, dura y gris, un manojo de personas que no le impiden ser él, que no le dificultan, en su rareza, ser fiel a sí mismo, sino que, al contrario, con su respeto lo alientan.

Junturas así, que no implican la renuncia a la idiosincrasia ni el mercadeo con la íntima propensión de uno, que no obligan a abdicar de uno mismo para conseguir la aceptación y el cariño de otros en la dosis mínima necesaria para que la vida sea humanamente vivible, son una formidable fortuna, un tesoro de valor incalculable.

De hecho, solo este género de junturas es la condición de posibilidad de que la fermentación del "yo" en "nosotros" sea duradera y tan sólidamente consistente que pueda llegar a convertirse en la principal creencia en la que se está y de la que se vive, por supuesto, más acá y más allá de cuáles sean las azarosas y provisionales creencias que tocaron en suerte, más acá y más allá del tiempo en el que uno cayó.

Este "nosotros", en el que cada uno puede ser el que aspira a ser, es la única creencia merecedora de la mayor lealtad que un ser humano puede brindar, y también lo más próximo a la incondicionalidad de los filósofos y de los teólogos. Este "nosotros", esta creencia, se llama pareja, familia, amistad... No es, desde luego, un credo de muchos nombres.

Este ansia mío por descreer de hoy, si va seguido por el ansia de creer en mañana, no me hace menos crédulo que los aborregados de mi alrededor, porque todos los Mundos sido y todos los que serán no son sino una arbitraria fabulación con prestancia de necesaria realidad.

Por tanto, no se trata de levantar las faldas a este Mundo y verle sus vergüenzas fabulísticas para postular otro Mundo, por venir, más moderno, preso en la ingenuidad de que ése no será una fantasía y sumido en la desgracia de que por tu estupidez estarás solo, excomulgado, desemparentado.

Así que lo único que queda es ser escéptico de oficio ante cualquier Mundo, presente o futuro, sin la fiebre de querer salirse de él, pues basta saber tomar distancia interior; y tener la fortuna de poder creer en un "nosotros", haciéndose la ilusión de que su credo, éste sí, sí es imperecedero. No sé si Alatriste lo firmaría, pero es lo que al final queda: "Desconfiar de todo y confiar solo en Íñigo, en Quevedo, en La Lebrijana".  Al final, es la razón cordial. 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Alatriste y la moral del propio bando

"Esa retorcida ética era muy de la época entre la gente del bronce, y yo mismo, que frecuenté tales ambientes en mi juventud y el resto de mi vida, doy fe de que en los más desalmados malandrines, pícaros, soldados y chusma a sueldo, advertí más respeto a ciertos códigos y reglas no escritas que en gente de condición supuestamente honorable"

(A. Pérez-Reverte, Limpieza de sangre) 

Los dos eran espadachines a sueldo, pero no iguales, aunque eso les pudiera parecer a Dios, al diablo y al común de los mortales... En su fuero interno él se sabía distinto, quizás mejor. Quería matar a Malatesta, necesitaba matarlo, pero no de esa manera, sin aceros los dos en las manos.

Sabía que en una situación como aquélla, de manifiesta desigualdad, Malatesta no hubiera gastado esos escrúpulos con él. Sin embargo, decidió dejarlo vivir. No es que lo perdonara; es que su código moral le marcaba ciertos límites. No era un inmoral y mucho menos un amoral. Aunque su oficio fuese matar, bien como soldado, bien como sicario, tenía sentido del bien y del mal y trataba de ser consecuente con él.

De ahí, por ejemplo, que en cierta ocasión impidiera que el malhadado Malatesta finiquitara a ese perilustre inglés, que viajaba de incógnito por España, cuando su compañero, otro inglés, casi tan ilustre como aquél y también en extremo peligro de muerte, no pidió cuartel para él, sino para su joven protegido, que estaba en grave peligro a manos del italiano.

En pleno fragor de la pelea, Alatriste se sintió cuestionado por el gesto altruista de su contrincante, que parecía valorar más la vida de su compatriota que la propia y, por eso, antes de ser responsable de una muerte indebida, prefirió suspender el trabajo de espadachín para el que había sido oscuramente contratado.

***

En el S. XVII, en la muy católica España, había dos creencias primordiales -Dios y Patria- de las que era difícil abstraerse. Sin embargo, la guerra, asistir al espectáculo de la vida en toda su crudeza, había hecho desarrollar a Alatriste un inteligente escepticismo vital:

"Eso era lo desconcertante del capitán: podía mostrar respeto hacia un Dios que le era indiferente, batirse por una causa en la que no creía, emborracharse con un enemigo, o morir por un maestre de campo o un rey a los que despreciaba"

Al cabo de los años, la relectura de Alatriste me ha llevado a pensar si en pleno Siglo de Oro acaso era posible que un hombre común, no uno escogido, dígase un Descartes, un Hobbes, un Spinoza, se pudiera desenvolver, como Alatriste, con una moral religiosamente fría, solo laica, incluso pragmática.

Aun sin entregar su corazón ni a Dios ni al Rey, Alatriste era formalmente respetuoso con estas creencias, si bien, más que nada, por consideración con quienes, jugándose la vida en el campo de batalla, recurrían a ellas buscando fuerza y consuelo. Mas él, creer, lo que se dice creer, creía en sí mismo más que en ninguna de las convenciones de su tiempo y eso me causa enorme admiración:

"No he cambiado de bando -dijo Alatriste-. Yo siempre estoy en el mío. Yo cazo solo".

La fidelidad a uno mismo es la fuente de la libertad. Empeñarse en esto, ya el solo hecho de proponérselo e intentarlo, es humanamente heroico. Essentiae fidelitas, libertatis fons es un ideal regulativo al que, no por inalcanzable, se debe renunciar, porque, también en esto, uno es homo viator y lo más importante en la vida no es llegar a la meta, sino inventársela y tratar de recorrer el mayor trecho posible de camino  en la mejor compañía posible y con la mayor sensación posible de sentido.

El papel lo aguanta todo. Por eso, Pérez-Reverte puede crear el personaje perfecto: un hombre cualquiera de una época cualquiera que, sin embargo, se distingue del resto por su singular sentido ético, por encarnar eso que he llamado la moral del propio bando

El valor añadido de su personaje no es tanto la valentía ni el honor que le adornan y que los demás tanto aprecian de él, cuanto la lucidez de su mirar alrededor, lo que le permite distanciarse de su tiempo, lo suficiente al menos para sortear el realismo ingenuo de creer sin más que las cosas son como a todos parecen que son, y administrar con descreimiento sus creencias y con libertad sus lealtades.

La vida real, en cambio, no admite diseños ni borradores, es breve, demasiado, y puede ocurrir que sea tarde, cuando uno sienta la necesidad y tenga la lucidez de enmendar el personaje que es, habiendo ya malgastado parte de sus días, de sus energías y de sus afectos, en afanes y creencias fútiles y en el bando errado... Recuérdese a este respecto lo que escribió Borges: nunca uno volverá a tener la vida por delante para rectificar.

domingo, 19 de octubre de 2025

Los otros, ¿infierno u hogar?

"Bruno siempre dice que, por desgracia, la vida la hacemos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no; lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo. ¿Te das cuenta qué tremendo?"
(E. Sábato, Sobre héroes y tumbas)


Ya estoy en ese punto -¡qué pronto!- en el que empiezo a convertir mi biblioteca, mi vida en anaqueles, en mi iconostasio, en ese religioso lugar, íntimo, quizás ilegable, en el que solo están, solo caben, mis devociones más allegadas, los libros que me imprimieron carácter, me dejaron huella y que, desde entonces, viven más en mí, en donde ni han cogido polvo ni se les han decolorado los lomos, que en los estantes.

Así, hubo libros en mi juventud con los que he decidido reencontrarme. Es un riesgo. Lo asumo. De algunos, en efecto, no me ha gustado el modo en que han madurado y por eso, una vez "desacralizados", no han regresado a la biblioteca, los he dado en préstamo, a ver si prenden en otras vidas.

En cambio, hay libros que siguen tan fascinantes y tan profundos como cuando eran jóvenes. Hay "mitos" inasequibles al desencanto, resistentes al corrosivo ácido de la realidad. Es el caso de los libros de Ernesto Sábato, de quien últimamente he releído El túnel y Sobre héroes y tumbas.

Las relaciones entre los protagonistas de estas obras, entre Juan Pablo y María y entre Martín y Alejandra, me parecen inconvenientes, desasosegantes, desmesuradas, agotadoras, tormentosas, destructivas, simplemente, invivibles...

Alejandra y Juan Pablo son personas arrostradas por una incontrolable fuerza, por una indómita pasión que los lastra, los somete, los tiraniza... Lo que podría haber sido el élan vital de sus biografías, es su élan mortel. A veces, la furia biótica es volcánica, disruptiva; enloquece y se devora, se aniquila, a sí misma asumiendo la forma de una pasión insubordinable y también fascinante que se rige con ímpetu cuasi cancerígeno.

Este tipo de pasión, descontrolada, excesiva, suicida, cuando se apodera de una idea, es la raíz del fanatismo y de la obsesión amorosa, cuando se apropia de un afecto. Este tipo de furibunda pasión, que se enquista en perpetua adolescencia, nubla la vista, embota la inteligencia y trampea con quien la padece y con quien sufre al que la padece, haciéndoles pasar por heroica firmeza lo que es obtusa cerrazón y por amor incorruptible lo que es egocéntrico afán.

Alejandra y Juan Pablo son personajes que tienen agudas aristas, que resultan ásperos al trato, que asolan la vida de quien tiene el infortunio de resultarles atractivo. Hay personas aparentemente vistosas, seductoras, impactantes, ante las que lo mejor es saber pasar desapercibidas, porque son como "agujeros negros": cuanta vida se les acerca es engullida con una gula tan incontrolable que no es posible alejarse indemne de ellas. Son personas tan "hambrientas" que de verdad no aman, aunque digan que sí, sino canibalizan.

En la vida ningún encuentro está urdido por la necesidad, todos comienzan fortuitamente y solo algunos, los menos, acaban siendo autobiográficamente necesarios. Tener una vida en paz, que no anodina ni insípida ni vulgar, requiere, sin duda, de la lucidez precisa para acertar con las personas a las que uno unge con la necesidad autobiográfica, para no elegir erradamente a personas como Alejandra y Juan Pablo, para no dejarse elegir por ninguna como ellas, para no quedar enredado en ninguna nociva pasión, ni propia ni ajena..

Somos agua, el agua nos es indispensable, pero el mar igual que es caricia en la orilla es mortalmente voraz cuando traga.

En este borrador que es la vida, equivocarse con las personas, hacer autobiográficamente necesarias a personas inconvenientes, es en no poco malograr la vida anticipadamente. Que los otros sean infierno, como decía Sartre, o sean hogar, nuestro lugar en el Mundo, depende de a quien uno elija, de por quien uno sea elegido.

miércoles, 13 de agosto de 2025

La sombra del viento: no es intriga sino metafísica

Es tanta la sordidez que Ruíz Zafón retrata en las más de quinientas páginas que abarca su novela, que el retazo de belleza y de bondad con el que la termina es escueto, demasiado escueto, y por ello puede que insuficiente para que el lector, que de su mano ha bajado y paseado por el hades de la vida, pueda dejar de creer que la vida no es más que la putada que él mismo ha descrito.

 Ruta Literaria de La Sombra del Viento en Barcelona - TurismoLiterario.com

La sombra del viento no es un libro de intriga y de suspense, sino de metafísica y de ética. Ruíz Zafón podría haber contado la fealdad y la maldad de la vida retrospectivamente, en diferido, sin obviarlas, pero viajando al pasado desde las vidas ya resueltas de Daniel y de Bea, y de Fermín y de Bernarda, y de Federico y de Merceditas, y de Anacleto y de Tomás...

Pero ha decidido no hacerlo así y, por contra, ha preferido que la felicidad de sus personajes se reduzca a un sucinto apunte final, a un enunciado conclusivo, a un desenlace imprevisto, de unas pocas páginas, en las que el venturoso porvenir se da a entender pero no se cuenta. Ruíz Zafón no elude la felicidad; pero solo alude a ella, no más.

Salvadas las distancias, que son muchas y en muchas direcciones, leer La sombra del viento, dejando al margen el comienzo, la primera y más vibrante visita de Daniel al Cementerio de los libros olvidados, me ha hecho rememorar Misericordia de Galdós:

Nuria primero con Miquel y luego con Julián y por último con Isaac, y Fermín antes con Daniel y después con Bernarda, y Jacinta con Penélope y con el cura Fernando, y Fumero con el recuerdo indeleble de su madre, y Clara con su ceguera y Daniel con su materna orfandad, y su padre con su viudedad... insistentemente me han traído, no sé bien por qué, el recuerdo de Benina y Almudena. Si éstos, decía Galdós, vivían mancomunados en su hambre, de los personajes de Ruíz Zafón bien podría decirse que viven mancomunados en la fealdad, más moral que material, de la vida, en los bajos fondos de ésta.

La literatura rebasa la linde de los libros e inunda la vida real de los lectores. Es una de las dos tesis mayores de Ruíz Zafón en esta novela. Las biografías de Julián y Penélope se realizan en las de Daniel y Bea. En el libro se trasluce una intensa pasión por los libros, que son espejos en los que el lector se reconoce... o no, como yo esta vez, que poco me reconozco en esta historia porque no comparto la otra tesis mayor del autor:

Aunque la historia acabe bien, y en esto la vida aprende de la literatura y ésta se convierte en su posible tabla de salvación, pareciera que el bien, en esta vida, para tener lugar, necesita de mucho, mucho mal. El bien y la belleza no es, al menos para mí, el destilado que se obtiene solo después de haber pasado la vida, con su ingente cantidad de fealdad y de maldad, por ese mareante y desesperante alambique de sufrimiento que la purifica, no siempre ni del todo, de su sordidez. Hay bondad y belleza por sí mismas, previas a la maldad y la fealdad, al margen de ellas.

¿Cuánta cantidad de vida, fea y mala, necesita Ruíz Zafón en su novela para conseguir al final una dosis razonable, suficiente, de bondad y belleza, bataneadas de la zafiedad de la vida? Me parece que mucha. Demasiada. En cualquier caso, no es cuestión, principalmente, de cantidad sino de memoria.

El cerebro tiende sabiamente a olvidar lo malo que nos ocurre y a retener el recuerdo de lo bueno, seguramente porque no haya, a partir de cierto límite de gravedad, otra manera de vivir, de querer mantenerse en la vida y de no perpetrar el camusiano gesto definitivo, más que alterar el balance de lo bueno y malo de la vida misma. Y en esto el autor, a tenor de lo que ha escrito, aunque procura que la vida de los buenos no acabe mal, no parece dispuesto a la sanadora práctica de la desmemoria.

Por último, Fumero... el personaje conduce al lector al callejón sin salida de la libertad, que se vuelve especialmente angosto cuando se trata del mal. ¿Uno es lo quiere o uno es aquello que únicamente puede ser? ¿Acaso Fumero podría haber sido otro? El sombrerero, Fortuny, padre de  Carax, sí pudo torcer el pulso a su destino y liberarse de la cárcel de su carácter y sentir el consuelo de sus creencias y resanar sus relaciones primordiales. Incluso Julián, que parece extraído de una esdrújula tragedia griega, enmienda su destino.

Entonces, ¿por qué Fumero no se escapó de la sombra de su madre, de la envidia a Julián, de la frustación de su amor imposible a Penélope, del resentimiento de haber sido el hazmerreír de sus compañeros? Cada cual hace aquello para lo que sirve, sentencia Ruíz Zafón por boca de Miquel. Me cuesta, como educador, aceptar esta predestinación.

La clave de este embrollo metafísico y ético, que plantea Ruíz Zafón, la da el discreto padre de Daniel. El Cándido de Voltaire era su libro favorito. Lo releía dos veces por año. En él Voltaire se rebela contra el optimismo racionalista de Leibniz. Su expectativa de bondad es más modesta. Al final, como la vida, en general, no se puede mejorar, lo único que cabe es que cada uno cuide de su propio jardín.

No se trata de que los males de cada uno repercutan anónimamente en favor del bien general, sino de que el bien particular que cada uno alcance en su vida, pueda contribuir a destiznar la vida de su incrustada negrura. No sé si ésta era la propuesta metafísica de Ruíz Zafón, lo que sí sé es que en su historia se recrea más en la maldad y fealdad de la vida que en su bondad y belleza, a las que solo alude antes de terminar. 

*** 

No me gusta la pintura tenebrista. Sus lienzos tienen un solo punto de luz, muy intenso, pero  conseguido a costa de una ingente cantidad de oscuridad en su derredor. Tampoco me gusta entender que el amor sea una enfermedad que acabe matando.

 

 

lunes, 21 de julio de 2025

Puntos suspensivos

 "El Renacimiento no puede considerarse como mera antítesis de la Edad Media ni tampoco como territorio fronterizo entre los tiempos medievales y los modernos. De las líneas que separan la cultura medieval de la cultura más moderna de los pueblos de Occidentes algunas discurren entre la Edad Media y el Renacimiento, otras entre el Renacimiento y el siglo XVII, otras atraviesan el corazón mismo del Renacimiento, mientras otras datas del siglo XII y otras no aparecen hasta el XVIII".

(J. Huizinga, El problema del Renacimiento)

La innovación tecnológica es el gran acelerador, el mayor precipitador, de la Historia. Siempre que una tecnología poderosa irrumpió en la Historia, Ésta se echó a correr, buscando, abriendo, horizontes nuevos.


Así pasó con el fuego, con la agricultura, con la escritura, con la espuela, con el astrolabio, con la pólvora, con la imprenta, con la máquina de vapor, con la electricidad, con la fusión nuclear y últimamente ¡con Internet!

Habrá quien opine que esa gobernanza de la Historia le corresponde a las creencias más que a la tecnología. Es indudable la importancia histórica de la invención de los dioses, de la vida de ultratumba, del alma, de la libertad, de la propia dignidad y de cuantas otras instituciones, valores, expresiones artísticas y usos y costumbres, estas creencias, de raíz religiosa, han inspirado y suscitado, multiformemente, a lo largo de la Historia.

Sin embargo, la controversia entre creencia y técnica -por la gobernanza de la Historia- es artificial porque tanto la creencia (el hombre que fabula, que de palabra hace existir a alguien que verdaderamente no existe) como la técnica (el hombre que fabrica, que de obra hace existir algo que naturalmente no existe) nacen del mismo impulso creador del hombre, quien, inexplicablemente, a diferencia de los otros animales, se ve forzado a tener que hacer su vida y su mundo.

La humana, una especie mal dotada para la vida y, en principio, fácilmente extinguible, convierte su menesterosa condición natural en prodigiosa autopóiesis: en la inusual capacidad de autocrear su vida, a la que con la invención de la creencia le busca un sentido, y su mundo, al que con la invención de la técnica pone provechosamente bajo su control.

Por tanto, creencia y técnica son las dos caras de la misma moneda, ejercicios distintos, pero homólogos, del mismo conatu essendi en que la vida del hombre arduamente consiste. La creencia es verba y la técnica es facta.

Así, igual que no cabe cuestionar que la invención de la religión ha constituido, durante decenas de miles de años, el horizonte, es decir, el cierre categorial, de la vida del hombre, tampoco cabe cuestionar la enorme agitación y repercusión que ciertos hitos técnicos, los más poderosos, han causado en la Historia, en el bienestar de las sociedades y además, quiero enfatizar, en las creencias capitales: primero del hombre estrictamente europeo y luego genéricamente occidental, a partir del S. XVI.

De hecho, este momento de la Historia, primer cuarto del S. XXI, con todo lo que científica y tecnológicamente ha traído y preconiza que está por llegar, no es más que otra “línea fronteriza” en el tránsito del Mundo Religiosamente Encantado, de plena vigencia hasta el S. XVI, al Mundo Tecnológicamente Encantado, el cual, pese a su casi medio milenio de recorrido, a día de hoy no parece estar más que en su temprana alborada.

Así, puede que la irrupción de este Mundo Tecnológicamente Encantado haya cogido de imprevisto al hombre de la calle de hoy y piense que el Futuro, ombliguistamente, ha empezado con él mismo, pero se equivoca, porque solo se trata de otro jalón en el tránsito del Mundo Encantado de antes al Mundo Encantado de ahora.

Quizás el primer hito fronterizo de esta transición se remonte a 1543, a la publicación póstuma del De revolutionibus de Copérnico. Y quizás los dos últimos se hayan dado cita muy recientemente, en octubre de 2018 y en noviembre de 2022: respectivamente, el nacimiento en China de Lulu y Nana, dos bebés cuyos genomas previamente al nacimiento habían sido editados y convenientemente reescritos, y el lanzamiento al público general de Chat GPT, un bot conversacional de lenguaje natural capaz de deep learning.

Y entre ambos extremos, sin ánimo de exhaustividad, cabría señalar otras líneas fronterizas, cada cual más importante, tales como en 1604 la definición de la primera ley del movimiento por Galileo; en 1859 la publicación del Origen de las especies de Darwin y en 1900 la de La interpretación de los sueños de Freud; en 1888 el descubrimiento de la neurona por Cajal; en 1928 el hallazgo de la penicilina por Fleming; en 1936 el algoritmo de la máquina de Turing; en 1953 el descubrimiento de la estructura del ADN por Crick y Watson; en 1989: la invención de la World Wide Web

Mustafá Suleyman, para referirse al momento actual, habla de la ola que viene. La inteligencia artificial, la biología sintética, la nanotecnología, la informática cuántica y la robótica, constituyen un enjambre de tecnologías generales, de enorme impacto, a resultas de las cuales, él sostiene, el Mundo será radicalmente otro.


Sin duda, esto será así, guste o no, y el apogeo de esta pleamar, como Suleyman pronostica, será inminente, sucederá en cuestión de unos pocos lustros, pero antes sucedió que, durante casi medio milenio, las olas iban llegando a la orilla, y una tras otra, cada vez más rápidas y virulentas, fueron erosionando, tragándose, el Mundo de los Encantos Religiosos y a la vez favoreciendo el surgimiento de una nueva creencia fundamental:


No hay otra vida pero sí es posible la mejora indefinida de ésta, para lo cual, el concurso de la tecnología es indispensable, entre otras razones para sostener el ritmo de crecimiento económico que está en la base de esa mejora indefinida. El Mundo actual expide unos cheques de felicidad que solo el desarrollo tecnológico continuo puede avalar.


La tecnología es el principal acelerador de la Historia. La velocidad de innovación y de desarrollo científico y tecnológico actualmente es tal que la Historia parece que se va a romper contra el futuro, especialmente en el último medio siglo. El presentismo, como ideología postmoderna, está siendo reemplazado por el futurismo.


Puede que hayamos llegado al punto crítico de la transición del Mundo Religiosamente Encantado al Tecnológicamente Encantado. Puede que hayamos cruzado el punto de no retorno, que no es posible, ni deseable, volver atrás. Causa admiración y miedo. Suleyman habla de contención, le parece imprescindible, pero la tecnología tiene la misma capacidad de contención que el escorpión de la fábula: ni éste puede dejar de picar a la rana ni la tecnología puede dejar de innovar. Los clásicos decían bonum diffusivum sui; hoy habrá que decir lo mismo de la tecnología, pero sospechando siempre de su bondad, a la cual, el hombre común de la calle ha confiado crédulamente sus esperanzas.


Puede que el hombre pueda crear vida e inteligencia y que él se pueda hibridar con sus creaciones, y que el destino, evolutivamente ciego hasta el momento, le sea más y más disponible. Puede que el hombre, como dice Harari, haya dejado de creer en Dios y empezado a creerse Dios: Homo Deus.


Por el camino, el Estado Nación o se descompondrá o se transformará en AI-tocracía, que dice Suleyman, y la biología será la nueva frontera de la desigualdad entre los mismos hombres que han firmado la Carta de los Derechos Humanos no hace todavía un siglo, y los empleos de base cognitiva, que habían resistido los envites de las anteriores oleadas industriales, serán automatizados, y…