Prefieren creer a juzgar

Como todos prefieren creer a juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa (Séneca, Sobre la felicidad)


sábado, 16 de mayo de 2026

Fuera de Aquí

"Y si esos cuerpos no los vemos en nuestro mundo, en la superficie, para ellos hay -sin falta debe haber- un mundo inmenso allí, tras la superficie"

(E. Zamiatin, Nosotros

Era el mejor albañil y también, lo descubrí con el tiempo, el que más seguro estaba de que Fuera de Aquí, por ejemplo, en el lugar del que yo provenía, existía una vida mejor. A los demás no les faltaba oficio, pero sí esta lúcida intuición. La construcción de aquella escuela y su posterior puesta en funcionamiento, entendía él con razón, era su billete de avión.

Pierre era el único, el más, esperanzado del grupo: barruntaba que Fuera de Aquí había otra vida mejor y yo era su mejor prueba; los demás eran conformistas: lo que había era lo único posible. La incontenible e ilimitada capacidad del ser humano para la esperanza solo es igualable, y lamentablemente superable, por la de convertir unas condiciones históricas concretas en verdades naturales, inevitables y eternas.

Al poco, yo me volví de Fuera de Aquí. Nunca he vuelto a saber nada de Pierre. Eso sí, a veces me pregunto si logró salir de Allí y si algún día nos cruzaremos en las calles de Aquí. Sin él quererlo ni saberlo, esta reflexión la empecé a su vera, hace muchos años, mientras con humor y con paciencia trataba de enseñarme a repellar una pared de escuela.

***

Las sociedades, incluso las liberales, a las que Habermas calificaba "abiertas", tienden a producir, como diría Marcuse, hombres "unidimensionales" que acaban deseando aquello que éstas necesitan para su autoperpetuación. Las sociedades hacen "ideología" de sus sistemas y evitan que en su seno se produzcan pulsiones "utópicas" que propalen la creencia en que lo irreal no es necesariamente imposible.

La disidencia radical no es fácil. No creerse uno su tiempo, hasta el extremo de aceptar sus ideas, sus usos y sus costumbres como si fueran inevitables, es un privilegio reservado a unos pocos genios, capaces de salirse de su época dispuestos a vivir incomprendidos en un futuro que sus coetáneos piensan imposible, o anacrónicos en un pasado en el que encuentran inspiración de sentido en un Mundo ya cumplido, o nihilistas en instalados ninguna parte, con las raíces dolorosamente al aire, haciendo de la vida o una tragedia o una banalidad.

Lo habitual es tomar por natural lo que no es más que un delimitado constructo del propio hombre. Por eso, me causa mucha admiración la gente que es capaz de imaginar lo que no existe, de pensar lo impensado, de desear lo que no hay... y de transformar todo ello en impulso creador y llegar así, más allá de la transgresión, al desquiciamiento mismo de su Mundo, a otro por estrenar.

No me refiero a los "herejes" -ateos frente a teístas, comunistas frente a liberales, republicanos frente a monárquicos...- que forzosamente se autodefinen, como oposición, en referencia al propio sistema que los ha generado y del cual no pueden salir aunque quieran, porque fuera del sistema también se desvanece aquello contra lo que creen vivir y se quedan en la nada.

Más bien, me refiero a aquellos que son "apóstatas" de mirada larga, que atinan a atisbar, a identificar, la línea de horizonte que ordena el paisaje en el que tienen lugar las controversias en las que sus coetáneos andan sumidos, entretenidos. Solo quien tiene la lucidez necesaria para saber cuál es el "cierre categorial" de su tiempo, puede asomar la cabeza por encima de él, más allá de la pared que repella, y salir de él para innovar y conjeturar una vida distinta, quizás mejor.

Hoy esa línea de horizonte no la trazan los viejos absolutos de la Historia —aunque todavía anden por aquí enredando residualmente la vida pública y privada en cuestiones políticas y morales—, sino la radical disyuntiva entre azar y algoritmo a que la Técnica nos ha abocado: ya no hay que elegir entre teísmo y ateísmo, entre monarquía y república, entre capitalismo y socialismo; la elección real está entre biología del carbono y del silicio, contingencia y predictibilidad, conciencia y computación, individuo y usuario...

El ciudadano de las actuales sociedades occidentales, autodenominadas "abiertas", si ignora todo esto, aunque se crea libre porque deposita su voto en la urna cuando se lo piden, no será más que un "hombre unidimensional" que, a diferencia de Pierre, seguirá repellando con esmero las paredes invisibles de su propia celda, creyendo que el horizonte termina exactamente allí donde alcanza su palustre.

***

Esta reducción del hombre a la unidimensionalidad que el sistema procura, no es nueva y el persistente afán, siempre minoritario, de zafarse de ella, tampoco. Como Pierre, Cuadrado también recibió una visita de Fuera de Aquí. La principal diferencia entre ellos quizás sea que Pierre en su Mundo vivía insatisfecho y Cuadrado, no. En Planilandia fueron los insatisfechos quienes terminaron soñando con derribar, en este caso, ¡colorear!, sus propias paredes.

La conmoción que la señora Esfera, proveniente de Espaciolandia, causó a Cuadrado comenzó siéndole de índole intelectual y solo le llegó a ser auténtico motivo de crisis existencial cuando su mesianismo geométrico lo condujo a prisión y Círculo Máximo, para perpetuar el sistema implantado en Planilandia, lo dejó en vida pero sin vida: socialmente aislado.

Salvadas las distancias, es el mismo caso que D-503. Él era matemático, ingeniero jefe del Integral. Por tanto, de sobra sabía que la raíz cuadrada de menos uno era un reto matemático: aunque sean invisibles, tales cuerpos sin falta y sin duda deben existir y poderse representar en el plano, decía él.

Pero solo cuando I-330, con su apostasía, irrumpió en su vida, el reto matemático se convirtió en metáfora de un inquietante reto vital: ¿acaso la vida entera de un hombre cabe, sin dejar residuo alguno, dígase el alma, en el régimen taylorista, matemático, férreamente implantado en la futurista sociedad que describe Zamiatin?

En Nosotros la fantasía se describe como un indomable problema. De hecho, la única solución que el Estado Único concibe es la intervención quirúrgica: una lobotomía que extirpe la fantasía -y con ella los números imaginarios- antes que diseñar una sociedad en la que tengan cabida.

La fantasía, una vez embarazada de deseo, es un generador de "números imaginarios", es decir, de "mundos imaginarios". ¿Acaso eso, admitir que lo irreal es posible, es una enfermedad? O se pasa de Planilandia a Espaciolandia, de dos a tres dimensiones, o la elevación de un número al cubo carece de correlato en la realidad y en consecuencia lo irreal es imposible.

Igualmente, o se crea un Mundo en el que los productos de una fantasía fecundada de deseo tengan cabida, o se extirpa la fantasía y el deseo, o se "educa" a ambos para que se constriñan a los límites del mundo real, sea éste Puntilandia, Linelandia, Planilandia... La línea entre la ideología y la utopía está en la aceptación de que lo irreal pueda ser posible.

En la obra de Zamiatin el hombre puede enfermar de fantasía y entonces tener alma, es decir, un adentro en donde las cosas dejan su huella. Ortega y Gasset hace el mismo diagnóstico: el hombre está enfermo de fantasía; más aún, el hombre empieza a ser hombre a raíz de esta enfermedad, la cual afecta a su deseo, de manera que éste ya no está vinculado solo al instinto.

Secuela de su mal de fantasía es la interioridad que desde entonces el hombre empieza a tener: el sueño no es la única alternativa al estado animal de alerta; el hombre puede estar dormido, alerta al mundo circundante que lo acecha o en su mundo interior: en sus cosas, en sus pensamientos, en sus sentimientos.

Así, en su mundo interior, enhebrando fantasías y deseos, el hombre se erige en creador de mundos inexistentes y de esta manera, dice Ortega, desmiente esa inconmovible premisa de que solo lo real es posible. El hombre necesita, azuzado por su fantasía y su deseo, que también lo irreal sea posible. Y es algo que lo consigue con el prodigio de la técnica.

¿Qué clase de hombre necesita, para vivir, que también lo irreal sea posible? Sin duda, un hombre como Pierre, insatisfecho, víctima del desequilibrio entre lo poco que era y lo mucho que deseaba y fantaseaba. He aquí que el hombre enfermo de fantasía es una suerte de Hefesto, el dios cojo, deforme, rechazado del Olimpo, que se venga del mundo fabricando lo que el mundo no tiene. La técnica nace del desequilibrio, no de la plenitud. Por eso el hombre es técnico.

Y, de todas, la mejor innovación técnica de este Hefesto resarcido, sin duda, es la escuela, el yunque en el que el hombre aprende a fabricar los mundos imaginarios en los que poder vivir con mayor satisfacción. Y tras la escuela, vienen todas las demás hazañas técnicas, hasta llegar al punto de indecible progreso que el hombre de hoy, a la par, protagoniza y padece.

La técnica pudo ser históricamente liberadora porque aparecía subordinada a algo exterior a ella: el deseo, la imaginación, la necesidad o incluso la utopía. El problema comienza cuando deja de ser instrumento y pasa a convertirse en horizonte. Entonces ya no abre mundos posibles: los administra; más aún, inspira a ser el cierre categorial de esta época.

No es tremendismo tecnófobo afirmar que el tradicional instrumento de liberación se ha convertido en el nuevo calabozo, sino simple realismo ante la evidencia de que la técnica ya no es el martillo con el que romper el muro; es el muro mismo.

Todo muro aspira, antes o después, a parecer naturaleza. Pero esta vez lo peor no sería eso, sino que a este lado del muro se tenga control del deseo y de la fantasía como en ninguna sociedad antes había logrado. Cuando esto ocurra, ya ningún Cuadrado osará espetar a ninguna Esfera que hay una cuarta dimensión, dispuesta a desnudarla en público; ni ninguna I-330 hará dudar a un D-503 cualquiera. En definitiva, de ocurrir esto, Pierre nunca sospechará que la pared que repella no es el horizonte.

miércoles, 18 de marzo de 2026

La mano que no retira

Su mano izquierda me hace recordar las manos de mi madre, que eran unas manos finas, delicadas y suaves... Unas manos que, no obstante, Miguel Ángel nunca hubiera podido esculpir separadas del cuerpo yacente de su hijo.


Hasta cierta edad las manos de mi madre me parecía que lo podían todo: remeter como nadie las sábanas para que no pasara frío por la noche, guisar las albóndigas más buenas del mundo, hacer una espléndida y laboriosa colcha de crochet para la cama de su hijo, poner el termómetro en plena madrugada, dejar pulquérrima una camisa manchada de leche con nesquik, enfatizar un beso con su caricia, secar unas lágrimas, poner mercromina sin que la herida escociera, firmar las notas del colegio, doblar el pico de la página de un libro para que la leyera...

Cuando ella falleció, solo quise tocarle las manos y para mi sorpresa ya estaban frías: manos que antes eran de carne de repente se habían hecho de mármol, y ella, mi madre, ya no estaba en ellas.

Desde entonces el mármol, soporte de tanta y tanta belleza, me parece frío, desagradablemente frío y, por eso, cuando estoy ante La Pietà -el domingo pasado, la última vez- mi atención ya no se fija en su cara tanto como en su mano izquierda que, vuelta hacia arriba, ingrávida, vencida, no agarra con desespero, ni siquiera someramente roza, el cuerpo sin vida de su hijo, algo que no consigo comprender, porque en las manos de una madre, mi madre, a falta de omnipotencia nunca hay resquicio alguno de resignación.

En Sevilla, donde no está Miguel Ángel sino Montañés, Mesa y Roldán... hay otra Piedad, mucho menos famosa que La Pietà, que no vive en la basílica más grandiosa del mundo, sino en un recoleto convento a la sombra de un ciprés que al atardecer de cada Viernes Santo le brota azahar...

Su mano izquierda sí está sobre el pecho de su hijo, justo encima del corazón. Aguarda un milagro, como el ciprés, y en su mirada, triste y firme, se adivina que esta madre no se cansará nunca de aguardar, que jamás levantará la mano, que no la retirará del pecho, que no desistirá... No, su mano izquierda no tiene la grazia miguelangelesca, pero sí su terribilitá.

sábado, 28 de febrero de 2026

El 4 de abril que la escuela no sabe enseñar

"Esa era la sutileza definitiva: provocar conscientemente la inconsciencia para después, una vez más, hacerse inconsciente del acto de hipnosis que uno acaba de llevar a cabo" (G. Orwell, 1984)


Acabo de releer 1984 de G. Orwell y me quedo con esta desasosegante pregunta: ¿es real la democracia hoy en día? Jamás en la historia el "poder" había dispuesto de herramientas que le permitieran un nivel de vigilancia y de control tan profundo y exhaustivo como el que tiene ahora.

Cuesta creer que tal potencial tecnológico permanezca ocioso. Basta observar cómo la "minería de datos" insensiblemente ha pasado de ser una formidable herramienta comercial a una fabulosa "arma" de arquitectura política, o cómo ciertos dispositivos de uso cotidiano se han revelado como "centinelas silenciosos" al servicio de intereses de diversa naturaleza que no conocen frontera ni control político.

Las democracias, que en el S. XX se hicieron fuertes como reacción sociopolítica a la barbarie de los totalitarismos de uno y otro signo, parece que insensiblemente se van vaciando de sí mismas y convirtiendo en una suerte de nuevo "totalitarismo" de cuño tecnológico en el que el trasiego ideológico es solo una distracción de índole política al servicio del poder económico, que es el verdadero poder. 

Hasta ahora las democracias salvan más o menos las apariencias porque el debate de la libertad, por lo general, sigue romamente planteado en la mera ausencia de impedimentos materiales, legales y morales que puedan entorpecer la realización de la "libre" voluntad de los ciudadanos, y no en la gestación misma de su voluntad.

Entendida así la libertad, cabría pensar que a mayor nivel de vida y de seguridad jurídica, más libertad habría. Pero esto es verdad solo a medias. Ningún hombre habría podido ser tan libre como el de la contemporánea sociedad del bienestar, especialmente si se considera que nunca antes el ser humano había estado tan escolarizado y cultivado académicamente como él. Esta democratización del saber debería ser la garantía última de su autonomía, de la soberanía intelectual sobre sus creencias y su estilo de vida.

Sin embargo, es razonable pensar que, en realidad, éste es un hombre fallidamente libre y que en el origen de dicho fracaso está la omnipresencia tecnológica. Bajo la apariencia de comodidad, estas herramientas han entregado el control de la vida privada y, más aún, de los mecanismos de gestación de las apetencias y, en consecuencia, de la voluntad a los poderes fácticos, ya sean éstos económicos, políticos o sociales.

Decía Schopenhauer que nadie es libre de su propia voluntad, que nadie puede elegir lo que quiere. Se puede elegir si realizarlo, pero no si quererlo. De ahí la gravedad de que hoy el "poder" tenga este poder y además lo pueda ejercer con más sutileza, discreción y eficacia que nunca. Esto hace creer que la libertad tiene hoy más de evanescente sensación que de efectivo derecho individual. El rastro digital que deja el ciudadano al vivir es tan abismal e inevitable que, debidamente "metabolizado" por la portentosa inteligencia artificial, conduce a un novedoso determinismo sociotecnológico de la voluntad.

Hoy habitamos un entorno digital diseñado con la precisión de un laboratorio para que no se pueda salir de él. El teléfono se consulta más de ochenta veces al día, muchas sin estímulo externo que lo provoque, solo por puro reflejo. La publicidad parece escuchar conversaciones que nunca se autorizaron. Y los algoritmos que deciden lo que uno lee, no trabajan para su información, sino para su retención, porque su atención es la mercancía. No hay censura. No hace falta; basta con elegir cuidadosamente lo que el usuario nunca llega a ver.

Poder echar una papeleta en la urna electoral cada vez se lo soliciten le hace sentir el hombre más libre de la Historia, olvidándose de que también es el hombre más vigilado.

Si el esclavo pudo dejar de ser propiedad para convertirse en persona y el proletario pudo pasar de ser herramienta de producción a sujeto de derechos, el ciudadano bigdata también podrá aprender a ser disidente en la sociedad de la transparencia. Pero para eso necesitará saber lo que no sabe: que su voluntad no es suya.

Por eso, lamentablemente poco se dice lo apremiante que es hoy una educación que siembre en el alumno la semilla de la sospecha inteligente, de manera que consiga su propio "4 de abril de 1984", fecha en la que Winston Smith, protagonista de 1984, empezó a escribir su diario, es decir, empezó a permitirse dudar de la realidad en que vivía, de su inevitabilidad.

En un momento en el que las ciencias humanas, en comparación con las ciencias experimentales, están tan desprestigiadas, el estudio de la Historia se hace imprescindible para entender que el presente, también el de hoy, no es inevitable; y el de la Literatura, para entender desde dentro de los personajes los mecanismos profundos por los que la voluntad humana se deja conducir, seducir o domeñar. Winston Smith es un espejo en el que el ciudadano de hoy está obligado a mirarse.

Los bonsáis ya no se hacen mediante el arte de la poda meticulosa, sino de la manipulación genética de sus semillas, de modo que en su naturaleza esté no "querer" crecer. La inteligencia de una voluntad domeñada no sabe imaginar lo que no hay, ni inventar otra realidad cuando ésta no le causa insatisfacción.

Ninguna legión de soldados ni de confesores lo habían conseguido con tan extremo éxito como hoy los algoritmos que tejen la realidad digital desde cuyo interior el ciudadano se asoma a la realidad sin sospechar que cuanto ve sea solo una cavernosa sombra.

sábado, 14 de febrero de 2026

Ser o no ser en un tiempo sin mitos

 "Es increíble cuánta elasticidad tiene el ser humano y cómo, incluso en las situaciones más extremas de miseria y dolor, el hombre sigue aferrándose a la vida con una fuerza que parece tanto más poderosa cuanto más insoportable es su situación"

(Tolstoi, Guerra y paz)


En estos días pasados, invernales hasta el hartazgo, he releído Hamlet en el mismo libro en el que, por primera vez, lo leí hace casi cuarenta años. El tacto ajado, el color amarillento y el olor acre de las páginas de algunos de mis libros más queridos, me hacen caer en la cuenta de que el mismo tiempo que a ellos los ha hecho envejecer a mí además me ha hecho madurar como lector, de modo que ya no soy tan impaciente como era y, poco a poco, aprendí a rumiar y a dejar que los libros, cada uno a su ritmo, se me deslíen y se me deshagan en la memoria, en la fantasía, en la razón, en los afectos... El tiempo me ha favorecido con un metabolismo lector reposado.

De joven no alcancé a entenderlo en toda su profundidad; ahora creo que sí: ¿por qué Shakespeare no llegó a suicidarse después de la muerte de su hijo Hamnet? Es decir, ¿por qué Hamlet no se suicidó después de que su tío carnal, tras haber asesinado a su padre, le arrebatara la corona con la impúdica complicidad de su madre? La respuesta está en el famosísimo soliloquio de la escena cuarta del acto tercero, que esta vez he degustado como nunca antes:

¡Ser o no ser; he aquí la cuestión! ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?

Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza? Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos.

Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién si esto no fuese aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su inquietud con solo un puñal?

¿Quién podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, sino fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes.

Que la muerte no sea solo dormir, a la espera del despertar definitivo, que también sea soñar y que los mismos, o incluso peores, sufrimientos que los tenidos en esta vigilia, que es la vida presente, puedan continuar en ese sueño, era la creencia, mejor, el terrible miedo que, tanto en su vida real como en la fingida de Hamlet, le restaba a Shakespeare la libertad y el arrojo necesarios para zafarse de la vida cuando estimó que vivir no merecía la pena:

Ésta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. Este miedo a soñar dormido es lo que ante el dilema crucial -ser o no ser, vivir o no vivir, persistir o desistir- le hace preferir seguir atado a una vida infeliz.

Instalado en esta creencia, se entiende el cuidado de Hamlet, cuando tramaba el asesinato de su tío Claudio, para conseguir que éste muriera en pecado y que su sueño fuera una maldita pesadilla! Realmente, la venganza que urdía contra él no consistía en hacerlo dormir, en arrebatar la vida al rey impostor, sino en forzarlo a soñar con el castigo eterno que su vil pecado, haber matado al rey legítimo, le habría de deparar una vez despertara a la eternidad.

La elección de Hamlet por la vida aun al precio de alargar la infelicidad, me hace recordar la aseveración de Tolstoi en Guerra y paz: el ser humano nunca encuentra su vida tan insoportable como para no seguir aferrado a ella. Su elasticidad, asegura Tolstoi, su capacidad de adaptación a las situaciones más extremas, es mayor que la adversidad a la que se enfrenta.

Tolstoi había leído a Schopenhauer y estaba de acuerdo con él en que la vida tiene una obstinada voluntad de vivir. A toda costa, la vida quiere vivir. Pero para el alemán, esta vehemencia es una fuerza irracional: la fuerza de la vida, indómita, no atiende a la razón, no atiende a nada y por eso, a partir de cierto punto, su contumacia llega a ser absurda; para el ruso, dicha voluntad tampoco atiende a la razón, sino a Dios, quien la inspira y la sostiene. La misma potencia de vivir para uno carece de propósito y conduce al sinsentido y para el otro su propósito deviene de Dios, que es garante de sentido.

Para no ser atropellado ni arrollado en vida por esta incontrolable y tozuda voluntad de vivir de la propia vida, el hombre suele contar con la "complicidad" de algún portentoso "ardid cultural" que le permite blindar a la vida misma y dotarla de un sentido que le evite, o le aminore, su riesgo de inteligentemente disentir de ella y de libremente renunciar a ella.

Ello es el riesgo de Shakespeare con príncipe Hamlet y de Tolstoi con el aristócrata Pierre y con tantas decenas de miles de míseros soldados rusos que combatían contra Napoleón: todos se agarran al "ardid cultural" que tienen más a mano para no desertar de la vida pese a la exagerada dureza con que ésta se les muestra. En particular, caso de especial interés es el de Pierre, uno de los protagonistas de Guerra y paz, al que, pese a su enorme riqueza material, ninguno de los "ardides" a su alcance le satisfacía para dar solución definitiva al dilema de vivir.

Así sucede que la voluntad de vivir suele ser la raíz más profunda de cualquier forma de cultura, que en última instancia se remonta en su razón de ser a esta propensión vital; y la cultura, el seguro de vida de la vida misma. Por eso, antes la religión, tan capaz de inspirar miedo (Shakespeare) como esperanza (Tolstoi), en cualquier caso, fue extremadamente válida para conseguir que el hombre no desistiera de vivir a toda costa, incluso cuando vivir, a causa del sufrimiento, llega a ser indigno e inhumano.

En cambio, ahora, al menos en las sociedades occidentales, parece que se está a la espera de que se produzca otra vez el paso del mito al logos; a la espera de que la superación de la muerte deje de ser el más destacado artículo de fe de una difusa "religión posteísta" y se convierta en el más honorable éxito de ciencia; en suma, a la espera de que la vida se haga transparente a sí misma gracias a una ínfima porción de vida inteligente llamada hombre, que hace enormes proezas, aunque todavía inconclusas, con la ingeniería genética, la biología sintética, la medicina regenerativa, la Inteligencia Artificial, la transposición de las químicas del carbono y del silicio de un soporte orgánico a otro inorgánico y viceversa...

Pero ahora, mientras eso ocurre, o no, ¡cuán largo me lo fiais!, en el imaginario dominante del Occidente contemporáneo morir es morir del todo (pobre Horacio) y su única expectativa de vida futura es la ilimitada persistencia en la vida presente, de modo que, para el hombre común, vivir, más que la ciega obediencia a un instinto capaz de generar vida, es la ciega obediencia a una "adicción" que constriñe la vida. 

Sin mitos, éstos quedaron atrás o muy debilitados, y sin logos, éste todavía no ha llegado a su culmen, la conciencia contemporánea asiste con frecuencia al doble reduccionismo de la vida: primero al término del consumo que, cifrado en la semántica del verbo tener y comprar, es la versión actual, postmoderna, del materialismo clásico, y segundo al término de la emoción que, cifrado en la semántica del verbo sentirexperimentar, es la versión actual del irracionalismo moderno.

El instinto de vivir, la voluntad de vivir, en amplios sectores del Occidente secularizado contemporáneo se ha emponzoñado. Desaviado de mitos que entusiasmen y aglutinen, el hombre de este tiempo cada vez exhibe menos aquella heroica gallardía de vivir que podía encontrarse en el lúcido descreído de antes, al que el balance de la vida le salía correctamente negativo, porque sabía que en la vida, de veras, lo puesto por lo quitado y lo que hay por lo que falta, a partir de cierto límite de sufrimiento, no es suficiente para seguir aferrado a ella, ni con las temerosas maneras shakespearianas ni con las esperanzadas maneras tolstoyanas.

Antes, la minoría selecta que vivía sin escatología, sin mito, sabía qué hacer con una vida que es solo presente; en cambio, ahora, que solo una minoría sigue viviendo con escatología, se advierte una dificultad creciente para llenar de sentido el presente de una vida sin futuro.

La masa sigue siendo masa. Antes porque la religión, decía Marx, era su opio; ahora porque su opio es tener y experimentar hasta la extenuación. El consumo y la emoción sin descansos y sin otro propósito aparente que el de escapar, huir, de un difuso miedo a no tener el presente lleno hasta rebosar, son el genérico programa de vida de amplias capas del Occidente contemporáneo.

Un vitalista, siempre en lucha con la escatología, como fue Unamuno, hacía gritar en Niebla a su angustiado protagonista: "Vida, más vida. Yo, más yo". En amplios sectores del Occidente secularizado contemporáneo, el hombre religiosamente descreído, sin otro mito que le compense la falta, grita: "Emoción, más emoción. Cosas, más cosas". Su obstinación de vivir es "dopamínica" y puede que no menos ciega que la de quienes antes, por religión, vivían sin entender las "matemáticas de la vida".

Escribió Yourcenar que hubo un tiempo en que el hombre estuvo solo, porque los dioses ya habían muerto y el cristianismo todavía no había nacido. Solo, es decir, carente de mitos. El hombre de este tiempo vive como puede, en un impasse, en un vacío, en una situación asimilable a la apuntada por Yourcenar, pero quizá más desamparada. Falto de "ardid", es náufrago de sentido y "nadea", más que nada, a la espera de que la ciencia cumpla, o no, su promesa de hacer transparente la vida a la misma en la insignificancia intelectual del hombre.

Adriano, en su soledad, tuvo a mano la arquitectura ética del estoicismo y del epicureísmo; en cambio, el hombre de hoy, a mano, tiene propuestas más fragmentarias, tal que el ecologismo, el animalismo, el feminismo y otros derivados de la llamada cultura woke. En aquel interregno la soledad fue una forma de libertad, que permitió al individuo sostenerse sobre su propia razón; en éste, los nuevos "ardides" parecen apenas suturas grupales, insuficientes para evitar que la vida se deshaga entre las manos cuando el presente deja de estar lleno hasta rebosar.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Alatriste y la única fe posible: Nosotros

"Y ahora la operación y te curarás de mí. -No, grité. -¿Cómo? ¿No deseas la felicidad? La cabeza se me partía, dos trenes lógicos chocaban. -Pues bien, estoy esperando. Elige: la operación y una felicidad del 100% o... -No puedo sin ti, no quiero sin ti. Dije o solo pensé, no sé, pero I-330 oyó"
(E. Zamiatin, Nosotros)

Es la pregunta que en el post anterior dejé flotando en el aire:¿En pleno Siglo de Oro, en la católica España, acaso era posible que un hombre común, no uno escogido, dígase un Descartes, un Hobbes, un Spinoza, se pudiera desenvolver, como Alatriste, con una moral religiosamente fría, solo laica, incluso pragmática?

Pérez Reverte quiere que sea posible, que esa rara avis, un hombre desencajado de su tiempo, exista y se convierta en el protagonista de su exitosa saga. Es verdad que Alatriste no pudo salirse del todo de su tiempo, no da la talla intelectual para ello, pero sí distanciarse lo suficiente como para no quedar impersonalmente atrapado en él.

Alatriste no podía concebir el Mundo fuera de las mismas coordenadas en las que él mismo estaba encuadrado, no era un Giordano Bruno, pongamos por caso, pero sí ver a Dios y a su Iglesia y a la Patria y a su Rey con cierta distancia. No era un hombre de vanguardia, un adelantado a su tiempo, pero sí un audaz transgresor. Y eso puede ser suficiente para practicar un sano escepticismo.

Salirse de su tiempo implica deshacerse de las creencias en las que uno nace y esto es muy difícil, una proeza imposible para casi todos, no solo por el esfuerzo intelectual que requiere sospechar de que lo que parece necesaria realidad, en realidad, solo es arbitraria fabulación, sino también por el esfuerzo de carácter, de personalidad, que exige tenerse que atener a una de estas dos alternativas:

Una vez fuera del tiempo en el que vive el resto de los coetáneos, el extemporáneo tiene que o vivir en "ninguna parte", es decir, en la nada, y el nihilismo, a la vista está hoy en día, es el mayor antagonista de la vida; o vivir en el futuro, en un tiempo todavía in fieri, inexistente para la mayoría y, por tanto, estar dispuesto a pagar a los contemporáneos el precio de la excomunión, que es el peor de los castigos imaginables, porque nadie es humano a solas, socialmente desemparentado, ni siquiera el novelesco Alatriste, que era el que era, gracias a Íñigo, a la Lebrijana, a Quevedo, a Copons, a Guadalmedina... con quienes le unía una lealtad inusual, pero suficiente.

Y es precisamente esta lealtad la que hace de Alatriste alguien afortunado a pesar de la contingencia de la vida. El novelista le ha otorgado la suerte y el acierto, las dos cosas, de encontrar en la vida -para él, dura y gris- un manojo de personas que no le impiden ser él, que no le dificultan, en su rareza, ser fiel a sí mismo, sino que, al contrario, con su respeto lo alientan.

Junturas así, que no implican la renuncia a la idiosincrasia ni incitan al mercadeo con la íntima propensión de uno, que no obligan a abdicar de uno mismo, para conseguir la aceptación y el cariño de otros en la dosis mínima necesaria que la vida solicita para ser humanamente vivible, junturas así son una formidable fortuna, un tesoro de valor incalculable, para quien las tiene.

De hecho, solo este género de junturas, escaso, poco común, es la condición de posibilidad de que la fermentación del "yo" en "nosotros" sea duradera y tan sólidamente consistente como para que pueda llegar a convertirse en la principal creencia en la que se está y de la que se vive, por supuesto, más acá y más allá de cuáles sean las azarosas y provisionales creencias, usos y costumbres, que tocan en suerte, según el tiempo en el que uno caiga.

Este "nosotros", en el que cada uno puede ser el que aspira a ser, es la única creencia merecedora de la mayor lealtad que un ser humano puede brindar, y también de lo más próximo a la incondicionalidad de los filósofos y de los teólogos. Este "nosotros", esta creencia, se llama familia y amistad, y poco más. No es, desde luego, un credo de muchos nombres.

Este ansia de descreer del Hoy, de descubrirle los ribetes de artificio a lo que el hombre de la calle tiene por poco menos que indefectible realidad, no me vuelve más lúcido que mis contemporáneos si va seguida del ansia simétrica de creer en el Mañana, en el Mundo que está por venir. Porque todos los mundos que han sido y todos los que serán no son sino fabulación arbitraria con prestancia de realidad necesaria: el futuro, cuando llegue, llevará la misma máscara de fabulación que hoy lleva el presente."

Por tanto, no se trata de levantar las faldas a este Mundo y verle sus vergüenzas fabulísticas para entusiasmado proponer otro, de camino, más moderno, preso en la ingenuidad de que ése no será una fantasía, y sumido en la desgracia de que por esta estupidez uno estará solo, excomulgado, desemparentado.

Así que lo único que queda es ser "escéptico de oficio" ante cualquier Mundo, presente o futuro, mirarlo con recelo para descubrirle su impronta de artificio; pero sin la fiebre de querer salirse de él a toda costa, pues en lugar de esta dolorosa deportación puede bastar con una dosis de suficiente distancia interior para administrar con descreimiento las creencias y con libertad las lealtades del tiempo.

Pero incluso esta creencia, la más cálida y la más próxima, es frágil: no porque el tiempo la oxide, sino porque el miedo, la presión o la soledad pueden más que ella. Y aún así, tener la fortuna de creer en un "nosotros", dejándose uno hacer la ilusión de que su credo, éste sí, sí será imperecedero. No sé si Alatriste lo firmaría, pero es lo que al final queda: "Sin fiebre, desconfiar de todo y confiar solo en Íñigo, en Quevedo, en La Lebrijana". Aunque sin olvidar que D-503 delató a I-330: accedió a operarse y su amor cedió; y que Winston Smith y Julia también se delataron, mutuamente. Sí, el vínculo personal, sometido a presión suficiente, también cede.

Es decir que, al final, aunque se opte por la creencia en 'nosotros', tampoco ésta es indefectible ni está blindada contra el de acabar siendo un mito una vez pase su tiempo de esplendor. La inteligencia no consiste en distinguir la realidad de la ficción, sino en no equivocarse de ficción y en elegir la fabulación del "nosotros" frente a todas las demás: pese a su fragilidad, seguramente sea la que más amparo da al hombre. 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Alatriste y la moral del propio bando

"Esa retorcida ética era muy de la época entre la gente del bronce, y yo mismo, que frecuenté tales ambientes en mi juventud y el resto de mi vida, doy fe de que en los más desalmados malandrines, pícaros, soldados y chusma a sueldo, advertí más respeto a ciertos códigos y reglas no escritas que en gente de condición supuestamente honorable"

(A. Pérez-Reverte, Limpieza de sangre) 

Alatriste y Malatesta, los dos eran espadachines a sueldo, pero no iguales, aunque eso les pudiera parecer a Dios, al diablo y al común de los mortales. En su fuero interno, Alatriste se sabía distinto, quizás mejor. Quería matar a su adversario, necesitaba matarlo, pero no sin aceros los dos en las manos.

Sabía que en una situación como aquélla, de manifiesta desigualdad, Malatesta no hubiera gastado esos escrúpulos con él. Sin embargo, decidió dejarlo vivir. No es que lo perdonara; es que su código moral le marcaba ciertos límites. No era un inmoral y mucho menos un amoral. Aunque su oficio fuese matar, bien como soldado, bien como sicario, tenía sentido del bien y del mal y trataba de ser consecuente con él.

De ahí, por ejemplo, que en cierta ocasión impidiera que el malhadado Malatesta finiquitara a ese perilustre inglés que viajaba de incógnito por España, cuando su compañero, otro inglés, casi tan ilustre como aquél, en la pelea no le pidió cuartel para sí, sino para su joven protegido, en grave peligro a manos del italiano.

En pleno fragor de la pelea, Alatriste se sintió interpelado por este gesto de altruismo. Su contrincante parecía valorar más la vida de su compatriota que la propia y, por eso, antes de ser responsable de una muerte indebida, prefirió suspender el trabajo de espadachín para el que había sido oscuramente contratado.

***

En el siglo XVII, en la muy católica España, había dos creencias primordiales -Dios y Patria- de las que era difícil abstraerse. Sin embargo, la guerra, asistir al espectáculo de la vida en toda su crudeza, había hecho desarrollar a Alatriste un inteligente escepticismo vital:

"Eso era lo desconcertante del capitán: podía mostrar respeto hacia un Dios que le era indiferente, batirse por una causa en la que no creía, emborracharse con un enemigo, o morir por un maestre de campo o un rey a los que despreciaba"

¿En pleno Siglo de Oro acaso era posible que un hombre común, no uno escogido, dígase un Descartes, un Hobbes, un Spinoza, se pudiera desenvolver, como Alatriste, con una moral religiosamente fría, solo laica, incluso pragmática?

Aun sin entregar su corazón ni a Dios ni al Rey, Alatriste era formalmente respetuoso con estas creencias, si bien, más que nada, por consideración con quienes, jugándose la vida en el campo de batalla, recurrían a ellas buscando fuerza y consuelo. Mas él, creer, lo que se dice creer, creía en sí mismo más que en ninguna de las convenciones de su tiempo y eso me causa enorme admiración:

"No he cambiado de bando -dijo Alatriste-. Yo siempre estoy en el mío. Yo cazo solo".

La fidelidad a uno mismo es la fuente de la libertad. Empeñarse en esto, ya el solo hecho de intentarlo, es humanamente heroico. Es un ideal regulativo al que, no por inalcanzable, se debe renunciar, porque, también en esto, uno es homo viator y lo más importante no es llegar a la meta, sino inventársela y ponerse en camino hacia ella con la mejor compañía posible y con la mayor sensación posible de sentido.

El papel lo aguanta todo. Por eso, Alatriste, personaje de ficción, puede encarnar exitosamente eso que llamo la moral del propio bando. De hecho, lo más valioso de él no es la valentía ni el honor, sino la lucidez de su mirada. Gracias a ella, logra distanciarse de su tiempo lo suficiente para sortear el realismo ingenuo —creer que las cosas son como parecen— y administrar con descreimiento sus creencias y con libertad sus lealtades.

La vida real, en cambio, no admite borradores, es breve, demasiado, y puede ocurrir que sea tarde cuando uno, hombre de carne y hueso y no de ficción, sienta la necesidad y tenga la lucidez de enmendar el personaje de realidad que es, habiendo ya malgastado parte de sus días, de sus energías y de sus afectos, en afanes y creencias fútiles, y alistado en el bando errado.

Para no tener una vida fallida, a tiempo hay que impedir que otros quieran por uno y lograr que uno sepa qué querer, aunque sea algo imposible. En este sentido, Alatriste es un ejemplo no heroico -santo anónimo, no de altar- de una ética singular: la fidelidad al propio criterio frente a cualquier lealtad impuesta. Eso que aquí llamo la moral del propio bando.

domingo, 19 de octubre de 2025

Los otros, ¿infierno u hogar?

"Bruno siempre dice que, por desgracia, la vida la hacemos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no; lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo. ¿Te das cuenta qué tremendo?"
(E. Sábato, Sobre héroes y tumbas)


Ya estoy en ese punto -¡qué pronto!- en el que empiezo a convertir mi biblioteca, mi vida en anaqueles, en mi iconostasio, en ese religioso lugar, íntimo, quizás ilegable, en el que solo están, solo caben, mis devociones más allegadas, los libros que me imprimieron carácter, me dejaron huella y que, desde entonces, viven más en mí, en donde ni han cogido polvo ni se les han decolorado los lomos, que en los estantes.

Así, hubo libros en mi juventud con los que he decidido reencontrarme. Es un riesgo. Lo asumo. De algunos, en efecto, no me ha gustado el modo en que han madurado y por eso, una vez "desacralizados", no han regresado a la biblioteca, los he dado en préstamo, a ver si prenden en otras vidas.

En cambio, hay libros que siguen tan fascinantes y tan profundos como cuando eran jóvenes. Hay "mitos" inasequibles al desencanto, resistentes al corrosivo ácido de la realidad. Es el caso de los libros de Ernesto Sábato, de quien últimamente he releído El túnel y Sobre héroes y tumbas.

Las relaciones entre los protagonistas de estas obras, entre Juan Pablo y María y entre Martín y Alejandra, me parecen inconvenientes, desasosegantes, desmesuradas, agotadoras, tormentosas, destructivas, simplemente, invivibles...

Alejandra y Juan Pablo son personas arrostradas por una incontrolable fuerza, por una indómita pasión que los lastra, los somete, los tiraniza... Lo que podría haber sido el élan vital de sus biografías, es su élan mortel. A veces, la furia biótica es volcánica, disruptiva; enloquece y se devora, se aniquila, a sí misma asumiendo la forma de una pasión insubordinable y también fascinante que se rige con ímpetu cuasi cancerígeno.

Este tipo de pasión, descontrolada, excesiva, suicida, cuando se apodera de una idea, es la raíz del fanatismo y de la obsesión amorosa, cuando se apropia de un afecto. Este tipo de furibunda pasión, que se enquista en perpetua adolescencia, nubla la vista, embota la inteligencia y trampea con quien la padece y con quien sufre al que la padece, haciéndoles pasar por heroica firmeza lo que es obtusa cerrazón y por amor incorruptible lo que es egocéntrico afán.

Alejandra y Juan Pablo son personajes que tienen agudas aristas, que resultan ásperos al trato, que asolan la vida de quien tiene el infortunio de resultarles atractivo. Hay personas aparentemente vistosas, seductoras, impactantes, ante las que lo mejor es saber pasar desapercibidas, porque son como "agujeros negros": cuanta vida se les acerca es engullida con una gula tan incontrolable que no es posible alejarse indemne de ellas. Son personas tan "hambrientas" que de verdad no aman, aunque digan que sí, sino canibalizan.

En la vida ningún encuentro está urdido por la necesidad, todos comienzan fortuitamente y solo algunos, los menos, acaban siendo autobiográficamente necesarios. Tener una vida en paz, que no anodina ni insípida ni vulgar, requiere, sin duda, de la lucidez precisa para acertar con las personas a las que uno unge con la necesidad autobiográfica, para no elegir erradamente a personas como Alejandra y Juan Pablo, para no dejarse elegir por ninguna como ellas, para no quedar enredado en ninguna nociva pasión, ni propia ni ajena..

Somos agua, el agua nos es indispensable, pero el mar igual que es caricia en la orilla es mortalmente voraz cuando traga.

En este borrador que es la vida, equivocarse con las personas, hacer autobiográficamente necesarias a personas inconvenientes, es en no poco malograr la vida anticipadamente. Que los otros sean infierno, como decía Sartre, o sean hogar, nuestro lugar en el Mundo, depende de a quien uno elija, de por quien uno sea elegido.