Prefieren creer a juzgar

Como todos prefieren creer a juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa (Séneca, Sobre la felicidad)


domingo, 19 de enero de 2025

Recuerdos del futuro

 


Presidiría con máxima solemnidad la sala más noble de cualquier museo europeo, y quizás un día acabe haciéndolo. Los griegos vieron a sus dioses en los panteones romanos. Los romanos no sé si pudieron calcular que sus divinidades, al cabo de los siglos, después de haber sido mutiladas por los cristianos, serían apreciado motivo de "devoción" artística.

Esperemos que entre su decadencia, otras ya lo están, aunque no del todo, y su museificación, no haya olvido, porque este portento no está esculpido en piedra, sino tallado en madera y el olvido sería su perdición. Igual que el aire y el agua no se pueden medir a puñados, la vitalidad de la religiosidad no se puede medir, exclusiva ni principalmente, por variables sociales, artísticas ni económicas. Por eso, a la hora de atisbar el futuro, hay que poner la atención no tanto en lo que la efervescencia muestra cuanto en lo que oculta.

domingo, 5 de enero de 2025

Erasmo y Bruno frente a la apenas vida

"Sikrosio no era hombre cobarde y, además, amaba la lucha, sin embargo,
no sospechaba siquiera otra forma de vida,
aun viviendo, como vivía, en la defensa de apenas nada"

(Ana Mª Matute, Olvidado rey Gudú)


Lo normal habría sido que Erasmo hubiese acabado sus días en el monasterio de Steyn y que se hubiese dedicado brillantemente al estudio según éste era entendido en el monacato: más como conservación de la sabiduría que como su búsqueda y su progreso, porque la sabiduría, se pensaba, no era susceptible de ampliación ni de revolución, sino solo de sublime recapitulación.

Pero Erasmo, al poco de recibir las sagradas órdenes, abandonó para siempre la vida monástica. No le pasó como a Sikrosio, que no sospechó otra forma de vida alternativa a la que la suerte le había asignado

De hecho, aunque no era amigo de soluciones extremas ni de posiciones irreconciliables, a la hora de emprender y de llevar otra vida distinta de la apenas nada de vida que le había tocado, Erasmo no estuvo falto de determinación para sustituir el scriptorium del copista por la rotativa de la imprenta, el saber que custodia por el saber que descubre y el recogimiento del claustro por la internacionalidad del continente europeo.

De haberse resignado a su destino, Erasmo quizás hubiese sido un "rezagado", porque el tiempo del monacato estaba cumplido desde que los monasterios, ante el renacer de las ciudades y la consecuente pujanza de las catedrales y de las universidades y de las órdenes religiosas, habían dejado de ser, paulatinamente, los núcleos del gobierno espiritual y económico de un mundo, desde la caída del Imperio Romano, eminentemente rural.

Pero el Mundo de Erasmo no era el de Pedro Abelardo, sino el Mundo antepasado de la Antigüedad, en espléndido renacimiento desde el siglo XV, solo que iluminado por la fe cristiana, como no había pasado en la decadente y oscura época fundacional de Constantino y de los primeros Padres de la Iglesia, quienes, seguramente obligados por las circunstancias, no siempre supieron apreciar la "santidad" de Sócrates, de Virgilio, de Horacio... Ni el valor ético de los Moralia de Plutarco... Ni la digna visión de la vida de Cicerón en De senectute...

Como dice Huizinga, una cosa es llamar pío a lo profano y otra no advertir cuán rica es la Historia de la Antigüedad en ejemplos de verdadera virtud, que es lo que sí atinó a hacer Erasmo. Este acierto hizo de él un "arqueólogo", que en el espíritu de un tiempo antepasado encontró la salida creativa del tiempo pasado en el cual estuvo a punto de quedar atrapado.

Aunque mi mayor incógnita, a este respecto, es saber cómo Erasmo se las apañó con Lucrecio, el gran descubrimiento literario de su tiempo. Seguro que lo conoció y lo estudió; y seguro también que advirtió en su De rerum natura la misma incompatibilidad entre materialismo y cristianismo que los apologetas mil años antes. Su proverbial excelencia intelectual invita a sospechar que no fue descuido, sino omisión deliberada: considerarlo le habría obligado a enfrentarse a una incongruencia que su sistema no podía absorber sin quebrarse, y Erasmo era demasiado parte del orden intelectual, religioso y social de su tiempo para permitirse ese riesgo.

De hecho, puede que ésta sea una de las razones de que Erasmo fuera un hombre de su tiempo, pero no un lúcido "adelantado" a él. Sin duda, más audaz que Sikrosio, representante de cuantos hombres "primitivos" se conforman con la apenas nada que les toca por vida; pero no tanto, por ejemplo, como Giordano Bruno, que tuvo clarividencia para anticiparse a lo que en su tiempo todavía estaba por venir.

Siguiendo la distinción de Mannheim —para quien el pensamiento es ideológico cuando defiende el orden establecido y utópico cuando lo desborda—, se podría sostener que Erasmo fue utópico respecto al pasado del que por muy poco escapó, e ideológico respecto al presente en el que selectivamente se sumió. Por eso, Erasmo me resulta admirable solo a medias. Le faltó libertad y audacia intelectual para transcender su propio tiempo.

El pensamiento de una época, que es el reflejo de cómo son las cosas, puede acabarse convirtiendo en la representación de cómo las cosas deben ser. Entonces, cuando el pensamiento se ha vuelto ideología, porque no describe, sino prescribe, se hace imprescindible el oficio de ciertos hombres -la intelligentsia- para que surjan nuevos pensamientos y de éstos, un nuevo orden, seguramente incompatible con el anterior y no a la fuerza mejor, porque la dialéctica entre ideología y utopía no siempre se resuelve en progreso. Erasmo fue un egregio "arqueólogo", pero no un valeroso "adelantado" al que incluir en la intelligentsia de su tiempo.

***

Para entender esto hay que considerar que no todos los hombres que se resisten a su tiempo lo hacen de la misma manera. Echando la vista atrás, está claro que todo hombre que mira al horizonte de su tiempo no ve lo mismo:

1) El hombre primitivo, que al mirar el horizonte de su tiempo, carente de sentido crítico, ve en él un Mundo necesario, fijo, natural, incuestionable, y no lo que es de veras: un constructo humano que no tiene más razón de ser que la establecida por el propio hombre antes de que se olvidara de sus motivos fundacionales. Ser primitivo, en este sentido, no es sinónimo de antiguo, sino de ingenuo y de simple. El hombre primitivo es tan gregario que no se atreve a individualizar, a personalizar, su vida para no distinguirse en el grupo; y tan débil que necesita el mito colectivo, no solo para sentirse parte de la sociedad, sino también para olvidar que su Mundo se asienta en el mito.

2) El hombre rezagado, que se quedó en un tiempo anterior: quizás porque naciera en las postrimerías del suyo y no supiera, o no quisiera, hacer la transición hacia la alborada a la que socialmente era empujado. Nacido entre dos tiempos, eligió el pasado. Éste hubiese sido el caso de Erasmo de haberse conformado con la vida monacal que le había tocado, y hubiera sido tan brillante como anacrónico. El rezagado es el hombre que se siente extranjero en el tiempo en que vive, pues tuvo la mala suerte de nacer demasiado tarde y con escasa capacidad de adaptación. Así resulta que es un fósil viviente y que tiene más de espectador que de actor.

3) El hombre arqueólogo, que no encuentra inspiración en su tiempo y la busca en uno anterior, del que regresa con energía suficiente para transformar el suyo. Santo Tomás lo hizo con Aristóteles, y el giro que imprimió a la teología medieval fue irreversible. Erasmo lo hizo con los textos del primer cristianismo. En ambos casos, la novedad era en realidad un rescate: la moda era lo antiguo, y lo antiguo era el escape creativo ante el agotamiento del presente. La Historia no escasea de estos "neos" brillantes —Gilson con Tomás, Cohen con Kant, ambos en pleno siglo XX— que demuestran que la originalidad, a veces, consiste en saber qué exhumar.

4) Y por último el hombre adelantado, que abandonó su tiempo y se hizo de otro todavía por venir, el cual supo anticipar. Para mí, es el caso más admirable de todos. Porque volver la mirada al pasado y rescatar de él un espíritu olvidado es una tarea difícil, sin duda más difícil que resignarse a la vida apenas vivible que impone un presente pobre. Pero más difícil aún es mirar al mismo horizonte que miran los coetáneos y distinguir en él un paisaje que ellos no ven, y hacerlo a sabiendas de que esa visión no es un fraude ni un delirio, sino un gesto de extrema inteligencia: el gesto de quien inaugura lo que todavía es nada para casi todos.

El hombre adelantado empuja hacia el pasado el presente que él precozmente sabe agotado, a la vez que precipita la llegada del futuro. De este tipo, mi hombre favorito es Giordano Bruno, quien, por poco, nació cuando Erasmo ya había fallecido, aunque, de haber sido contemporáneos, casi hubiera dado igual, porque, al mirar al mismo horizonte, no hubieran visto el mismo paisaje.


Catapultado por Lucrecio y por Copérnico, Giordano Bruno se salió de su tiempo, del Renacimiento, cuando éste iba ya camino del Barroco, y anticipó un universo infinito, sin centro, regentado no por una providencia divina, sino por un orden natural, ínsito en él, del cual el hombre, lejos de ser su medida, solo es una ínfima e insignificante parte. 

A su lado se aprecia mejor el límite que Erasmo no rebasó: si bien luchó contra lo viejo, no pudo, o no quiso, aceptar lo nuevo hasta el extremo de Bruno, que se abrió de capa heroicamente ante la incierta novedad de un universo que ni era antropocéntrico ni tampoco ya teocéntrico. Bruno fue realmente utópico y fue avanzadilla de la intelligentsia de su tiempo.

En cualquier caso, los dos, Erasmo y Bruno, tuvieron la inteligencia para sospechar una vida diferente de la apenas nada que les iba a tocar y la determinación para llevarla a cabo: Erasmo desde dentro de su tiempo, como arqueólogo, y Bruno, como adelantado, saliéndose de él. Pero los dos, eso sí, sobreponiéndose al empuje adverso de las fuerzas inerciales, siempre tozudamente dispuestas a impedir que la biografía de uno sea la que uno libremente elija, y no la apenas nada que azarosamente le corresponde.

***

No hay mayor audacia intelectual que descubrir el artificio del mundo en el que se nace. Desnaturalizarlo y posicionarse críticamente ante él es el máximo gesto de libertad humana. Sin embargo, vivir en la intersección de dos Mundos —uno in actu nascendi y otro in actu moriendi— no garantiza esa lucidez. Quizás por eso no sea evidente que hoy veamos más lejos que otros antes que nosotros. Tal vez solo vemos de otro modo. El ciudadano actual, el más formado e informado de la historia, sigue fermentando en masa; sigue siendo un hombre primitivo pese a su sofisticada armadura tecnológica.

No obstante, imagino a Erasmo hoy tratando de humanizar la técnica, igual que ayer quiso cristianizar las bonae litterae. Y a Bruno, que desbordó el antropocentrismo, anticipando una mutación de la especie al ver que la conciencia ya excede lo biológico. Erasmo nos ofrece la ética: qué hacer con la tecnología; Bruno la ontología: qué nos hará ella.

Pero confieso que habitar este intersticio se me hace arduo. No me es fácil situarme entre el regreso y la anticipación, entre lo que se rescata y lo que todavía no tiene nombre. Intentar ser arqueólogo me hace sentir reaccionario e intentar ser adelantado, quimérico. No obstante, solo en esa resistencia contra el propio tiempo se deja de ser un hombre resignado con su apenas nada para empezar a ser, verdaderamente, libre.