Su mano izquierda me hace recordar las manos de mi madre, que eran unas manos elegantes, finas, delicadas, suaves... Unas manos que, no obstante, Miguel Ángel nunca hubiera podido esculpir separadas del cuerpo yacente de su hijo...
Cuando ella falleció, solo quise tocarle las manos y para mi sorpresa ya estaban frías: manos que antes eran de carne, de repente, se habían hecho de mármol, y ella, mi madre, ya no estaba en ellas.
Desde entonces el mármol, soporte de tanta y tanta belleza, me parece frío, desagradablemente frío y, por eso, cuando estoy ante La Pietá -el domingo pasado, la última vez- mi atención ya no se fija tanto en su cara como en su mano izquierda que, vuelta hacia arriba, ingrávida, vencida, no agarra con desespero, ni siquiera someramente roza, el cuerpo sin vida de su hijo, algo que no consigo comprender porque en las manos de una madre, mi madre, a falta de omnipotencia nunca hay resquicio de resignación.
En Sevilla, donde no hay Miguel Ángel sino Montañés, Mesa y Roldán... hay otra Piedad, mucho menos famosa que La Pietá, que no vive en la basílica más grandiosa del mundo, sino en un recoleto convento a la sombra de un ciprés que al atardecer de cada Viernes Santo le brota azahar...
Su mano izquierda sí está sobre el pecho de su hijo, justo encima del corazón. Aguarda el milagro y en su mirada se adivina que no se cansará nunca de aguardar, que jamás levantará la mano, que no la retirará, que no desistirá... No, su mano izquierda no tendrá la grazia miguelangelesca, sino su terribilitá.