Prefieren creer a juzgar

Como todos prefieren creer a juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa (Séneca, Sobre la felicidad)


miércoles, 18 de marzo de 2026

La mano que no retira

Su mano izquierda me hace recordar las manos de mi madre, que eran unas manos elegantes, finas, delicadas, suaves... Unas manos que, no obstante, Miguel Ángel nunca hubiera podido esculpir separadas del cuerpo yacente de su hijo...


Hasta cierta edad las manos de mi madre me parecían que lo podían todo: remeter como nadie las sábanas para que no pasara frío por la noche, guisar las albóndigas más buenas del mundo, hacer una espléndida y laboriosa colcha de crochet para engalanar la cama de su hijo, poner el termómetro en plena madrugada, dejar pulquérrima una camisa manchada de leche con nesquik, enfatizar con una caricia un beso, secar unas lágrimas, poner mercromina en una herida sin que escociera, firmar las notas del colegio, doblar el pico de la página de un libro para que la leyera...

Cuando ella falleció, solo quise tocarle las manos y para mi sorpresa ya estaban frías: manos que antes eran de carne, de repente, se habían hecho de mármol, y ella, mi madre, ya no estaba en ellas.

Desde entonces el mármol, soporte de tanta y tanta belleza, me parece frío, desagradablemente frío y, por eso, cuando estoy ante La Pietá -el domingo pasado, la última vez- mi atención ya no se fija tanto en su cara como en su mano izquierda que, vuelta hacia arriba, ingrávida, vencida, no agarra con desespero, ni siquiera someramente roza, el cuerpo sin vida de su hijo, algo que no consigo comprender porque en las manos de una madre, mi madre, a falta de omnipotencia nunca hay resquicio de resignación.

En Sevilla, donde no hay Miguel Ángel sino Montañés, Mesa y Roldán... hay otra Piedad, mucho menos famosa que La Pietá, que no vive en la basílica más grandiosa del mundo, sino en un recoleto convento a la sombra de un ciprés que al atardecer de cada Viernes Santo le brota azahar...

Su mano izquierda sí está sobre el pecho de su hijo, justo encima del corazón. Aguarda el milagro y en su mirada se adivina que no se cansará nunca de aguardar, que jamás levantará la mano, que no la retirará, que no desistirá... No, su mano izquierda no tendrá la grazia miguelangelesca, sino su terribilitá.

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