"Y si esos cuerpos no los vemos en nuestro mundo, en la superficie, para ellos hay -sin falta debe haber- un mundo inmenso allí, tras la superficie"
(E. Zamiatin, Nosotros)
Era el mejor albañil y también, lo descubrí con el tiempo, el que más seguro estaba de que Fuera de Aquí, por ejemplo, en el lugar del que yo provenía, existía una vida mejor. A los demás no les faltaba oficio, pero sí esta lúcida intuición. La construcción de aquella escuela y su posterior puesta en funcionamiento, entendía él con razón, era su billete de avión.
Pierre era el único, el más, esperanzado del grupo: barruntaba que Fuera de Aquí había otra vida mejor y yo era su mejor prueba; los demás eran conformistas: lo que había era lo único posible. La incontenible e ilimitada capacidad del ser humano para la esperanza solo es igualable, y lamentablemente superable, por la de convertir unas condiciones históricas concretas en verdades naturales, inevitables y eternas.
Al poco, yo me volví de Fuera de Aquí. Nunca he vuelto a saber nada de Pierre. Eso sí, a veces me pregunto si logró salir de Allí y si algún día nos cruzaremos en las calles de Aquí. Sin él quererlo ni saberlo, esta reflexión la empecé a su vera, hace muchos años, mientras con humor y con paciencia trataba de enseñarme a repellar una pared de escuela.
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Las sociedades, incluso las liberales, a las que Habermas calificaba "abiertas", tienden a producir, como diría Marcuse, hombres "unidimensionales" que acaban deseando aquello que éstas necesitan para su autoperpetuación. Las sociedades hacen "ideología" de sus sistemas y evitan que en su seno se produzcan pulsiones "utópicas" que propalen la creencia en que lo irreal no es necesariamente imposible.
La disidencia radical no es fácil. No creerse uno su tiempo, hasta el extremo de aceptar sus ideas, sus usos y sus costumbres como si fueran inevitables, es un privilegio reservado a unos pocos genios, capaces de salirse de su época dispuestos a vivir incomprendidos en un futuro que sus coetáneos piensan imposible, o anacrónicos en un pasado en el que encuentran inspiración de sentido en un Mundo ya cumplido, o nihilistas en instalados ninguna parte, con las raíces dolorosamente al aire, haciendo de la vida o una tragedia o una banalidad.
Lo habitual es tomar por natural lo que no es más que un delimitado constructo del propio hombre. Por eso, me causa mucha admiración la gente que es capaz de imaginar lo que no existe, de pensar lo impensado, de desear lo que no hay... y de transformar todo ello en impulso creador y llegar así, más allá de la transgresión, al desquiciamiento mismo de su Mundo, a otro por estrenar.
No me refiero a los "herejes" -ateos frente a teístas, comunistas frente a liberales, republicanos frente a monárquicos...- que forzosamente se autodefinen, como oposición, en referencia al propio sistema que los ha generado y del cual no pueden salir aunque quieran, porque fuera del sistema también se desvanece aquello contra lo que creen vivir y se quedan en la nada.
Más bien, me refiero a aquellos que son "apóstatas" de mirada larga, que atinan a atisbar, a identificar, la línea de horizonte que ordena el paisaje en el que tienen lugar las controversias en las que sus coetáneos andan sumidos, entretenidos. Solo quien tiene la lucidez necesaria para saber cuál es el "cierre categorial" de su tiempo, puede asomar la cabeza por encima de él, más allá de la pared que repella, y salir de él para innovar y conjeturar una vida distinta, quizás mejor.
Hoy esa línea de horizonte no la trazan los viejos absolutos de la Historia —aunque todavía anden por aquí enredando residualmente la vida pública y privada en cuestiones políticas y morales—, sino la radical disyuntiva entre azar y algoritmo a que la Técnica nos ha abocado: ya no hay que elegir entre teísmo y ateísmo, entre monarquía y república, entre capitalismo y socialismo; la elección real está entre biología del carbono y del silicio, contingencia y predictibilidad, conciencia y computación, individuo y usuario...
El ciudadano de las actuales sociedades occidentales, autodenominadas "abiertas", si ignora todo esto, aunque se crea libre porque deposita su voto en la urna cuando se lo piden, no será más que un "hombre unidimensional" que, a diferencia de Pierre, seguirá repellando con esmero las paredes invisibles de su propia celda, creyendo que el horizonte termina exactamente allí donde alcanza su palustre.
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Esta reducción del hombre a la unidimensionalidad que el sistema procura, no es nueva y el persistente afán, siempre minoritario, de zafarse de ella, tampoco. Como Pierre, Cuadrado también recibió una visita de Fuera de Aquí. La principal diferencia entre ellos quizás sea que Pierre en su Mundo vivía insatisfecho y Cuadrado, no. En Planilandia fueron los insatisfechos quienes terminaron soñando con derribar, en este caso, ¡colorear!, sus propias paredes.
La conmoción que la señora Esfera, proveniente de Espaciolandia, causó a Cuadrado comenzó siéndole de índole intelectual y solo le llegó a ser auténtico motivo de crisis existencial cuando su mesianismo geométrico lo condujo a prisión y Círculo Máximo, para perpetuar el sistema implantado en Planilandia, lo dejó en vida pero sin vida: socialmente aislado.
Salvadas las distancias, es el mismo caso que D-503. Él era matemático, ingeniero jefe del Integral. Por tanto, de sobra sabía que la raíz cuadrada de menos uno era un reto matemático: aunque sean invisibles, tales cuerpos sin falta y sin duda deben existir y poderse representar en el plano, decía él.
Pero solo cuando I-330, con su apostasía, irrumpió en su vida, el reto matemático se convirtió en metáfora de un inquietante reto vital: ¿acaso la vida entera de un hombre cabe, sin dejar residuo alguno, dígase el alma, en el régimen taylorista, matemático, férreamente implantado en la futurista sociedad que describe Zamiatin?
En Nosotros la fantasía se describe como un indomable problema. De hecho, la única solución que el Estado Único concibe es la intervención quirúrgica: una lobotomía que extirpe la fantasía -y con ella los números imaginarios- antes que diseñar una sociedad en la que tengan cabida.
La fantasía, una vez embarazada de deseo, es un generador de "números imaginarios", es decir, de "mundos imaginarios". ¿Acaso eso, admitir que lo irreal es posible, es una enfermedad? O se pasa de Planilandia a Espaciolandia, de dos a tres dimensiones, o la elevación de un número al cubo carece de correlato en la realidad y en consecuencia lo irreal es imposible.
Igualmente, o se crea un Mundo en el que los productos de una fantasía fecundada de deseo tengan cabida, o se extirpa la fantasía y el deseo, o se "educa" a ambos para que se constriñan a los límites del mundo real, sea éste Puntilandia, Linelandia, Planilandia... La línea entre la ideología y la utopía está en la aceptación de que lo irreal pueda ser posible.
En la obra de Zamiatin el hombre puede enfermar de fantasía y entonces tener alma, es decir, un adentro en donde las cosas dejan su huella. Ortega y Gasset hace el mismo diagnóstico: el hombre está enfermo de fantasía; más aún, el hombre empieza a ser hombre a raíz de esta enfermedad, la cual afecta a su deseo, de manera que éste ya no está vinculado solo al instinto.
Secuela de su mal de fantasía es la interioridad que desde entonces el hombre empieza a tener: el sueño no es la única alternativa al estado animal de alerta; el hombre puede estar dormido, alerta al mundo circundante que lo acecha o en su mundo interior: en sus cosas, en sus pensamientos, en sus sentimientos.
Así, en su mundo interior, enhebrando fantasías y deseos, el hombre se erige en creador de mundos inexistentes y de esta manera, dice Ortega, desmiente esa inconmovible premisa de que solo lo real es posible. El hombre necesita, azuzado por su fantasía y su deseo, que también lo irreal sea posible. Y es algo que lo consigue con el prodigio de la técnica.
¿Qué clase de hombre necesita, para vivir, que también lo irreal sea posible? Sin duda, un hombre como Pierre, insatisfecho, víctima del desequilibrio entre lo poco que era y lo mucho que deseaba y fantaseaba. He aquí que el hombre enfermo de fantasía es una suerte de Hefesto, el dios cojo, deforme, rechazado del Olimpo, que se venga del mundo fabricando lo que el mundo no tiene. La técnica nace del desequilibrio, no de la plenitud. Por eso el hombre es técnico.
Y, de todas, la mejor innovación técnica de este Hefesto resarcido, sin duda, es la escuela, el yunque en el que el hombre aprende a fabricar los mundos imaginarios en los que poder vivir con mayor satisfacción. Y tras la escuela, vienen todas las demás hazañas técnicas, hasta llegar al punto de indecible progreso que el hombre de hoy, a la par, protagoniza y padece.
La técnica pudo ser históricamente liberadora porque aparecía subordinada a algo exterior a ella: el deseo, la imaginación, la necesidad o incluso la utopía. El problema comienza cuando deja de ser instrumento y pasa a convertirse en horizonte. Entonces ya no abre mundos posibles: los administra; más aún, inspira a ser el cierre categorial de esta época.
No es tremendismo tecnófobo afirmar que el tradicional instrumento de liberación se ha convertido en el nuevo calabozo, sino simple realismo ante la evidencia de que la técnica ya no es el martillo con el que romper el muro; es el muro mismo.
Todo muro aspira, antes o después, a parecer naturaleza. Pero esta vez lo peor no sería eso, sino que a este lado del muro se tenga control del deseo y de la fantasía como en ninguna sociedad antes había logrado. Cuando esto ocurra, ya ningún Cuadrado osará espetar a ninguna Esfera que hay una cuarta dimensión, dispuesta a desnudarla en público; ni ninguna I-330 hará dudar a un D-503 cualquiera. En definitiva, de ocurrir esto, Pierre nunca sospechará que la pared que repella no es el horizonte.