"Y ahora la operación y te curarás de mí. -No, grité. -¿Cómo? ¿No deseas la felicidad? La cabeza se me partía, dos trenes lógicos chocaban. -Pues bien, estoy esperando. Elige: la operación y una felicidad del 100% o... -No puedo sin ti, no quiero sin ti. Dije o solo pensé, no sé, pero I-330 oyó"
Pérez Reverte quiere que sea posible, que esa rara avis, un hombre desencajado de su tiempo, exista y se convierta en el protagonista de su exitosa saga. Es verdad que Alatriste no pudo salirse del todo de su tiempo, no da la talla intelectual para ello, pero sí distanciarse lo suficiente como para no quedar impersonalmente atrapado en él.
Alatriste no podía concebir el Mundo fuera de las mismas coordenadas en las que él mismo estaba encuadrado, no era un Giordano Bruno, pongamos por caso, pero sí ver a Dios y a su Iglesia y a la Patria y a su Rey con cierta distancia. No era un hombre de vanguardia, un adelantado a su tiempo, pero sí un audaz transgresor. Y eso puede ser suficiente para practicar un sano escepticismo.
Salirse de su tiempo implica deshacerse de las creencias en las que uno nace y esto es muy difícil, una proeza imposible para casi todos, no solo por el esfuerzo intelectual que requiere sospechar de que lo que parece necesaria realidad, en realidad, solo es arbitraria fabulación, sino también por el esfuerzo de carácter, de personalidad, que exige tenerse que atener a una de estas dos alternativas:
Una vez fuera del tiempo en el que vive el resto de los coetáneos, el extemporáneo tiene que o vivir en "ninguna parte", es decir, en la nada, y el nihilismo, a la vista está hoy en día, es el mayor antagonista de la vida; o vivir en el futuro, en un tiempo todavía in fieri, inexistente para la mayoría y, por tanto, estar dispuesto a pagar a los contemporáneos el precio de la excomunión, que es el peor de los castigos imaginables, porque nadie es humano a solas, socialmente desemparentado, ni siquiera el novelesco Alatriste, que era el que era, gracias a Íñigo, a la Lebrijana, a Quevedo, a Copons, a Guadalmedina... con quienes le unía una lealtad inusual, pero suficiente.
Y es precisamente esta lealtad la que hace de Alatriste alguien afortunado a pesar de la contingencia de la vida. El novelista le ha otorgado la suerte y el acierto, las dos cosas, de encontrar en la vida -para él, dura y gris- un manojo de personas que no le impiden ser él, que no le dificultan, en su rareza, ser fiel a sí mismo, sino que, al contrario, con su respeto lo alientan.
Junturas así, que no implican la renuncia a la idiosincrasia ni incitan al mercadeo con la íntima propensión de uno, que no obligan a abdicar de uno mismo, para conseguir la aceptación y el cariño de otros en la dosis mínima necesaria que la vida solicita para ser humanamente vivible, junturas así son una formidable fortuna, un tesoro de valor incalculable, para quien las tiene.
De hecho, solo este género de junturas, escaso, poco común, es la condición de posibilidad de que la fermentación del "yo" en "nosotros" sea duradera y tan sólidamente consistente como para que pueda llegar a convertirse en la principal creencia en la que se está y de la que se vive, por supuesto, más acá y más allá de cuáles sean las azarosas y provisionales creencias, usos y costumbres, que tocan en suerte, según el tiempo en el que uno caiga.
Este "nosotros", en el que cada uno puede ser el que aspira a ser, es la única creencia merecedora de la mayor lealtad que un ser humano puede brindar, y también de lo más próximo a la incondicionalidad de los filósofos y de los teólogos. Este "nosotros", esta creencia, se llama familia y amistad, y poco más. No es, desde luego, un credo de muchos nombres.
Este ansia de descreer del Hoy, de descubrirle los ribetes de artificio a lo que el hombre de la calle tiene por poco menos que indefectible realidad, no me vuelve más lúcido que mis contemporáneos si va seguida del ansia simétrica de creer en el Mañana, en el Mundo que está por venir. Porque todos los mundos que han sido y todos los que serán no son sino fabulación arbitraria con prestancia de realidad necesaria: el futuro, cuando llegue, llevará la misma máscara de fabulación que hoy lleva el presente."
Por tanto, no se trata de levantar las faldas a este Mundo y verle sus vergüenzas fabulísticas para entusiasmado proponer otro, de camino, más moderno, preso en la ingenuidad de que ése no será una fantasía, y sumido en la desgracia de que por esta estupidez uno estará solo, excomulgado, desemparentado.
Así que lo único que queda es ser "escéptico de oficio" ante cualquier Mundo, presente o futuro, mirarlo con recelo para descubrirle su impronta de artificio; pero sin la fiebre de querer salirse de él a toda costa, pues en lugar de esta dolorosa deportación puede bastar con una dosis de suficiente distancia interior para administrar con descreimiento las creencias y con libertad las lealtades del tiempo.
Pero incluso esta creencia, la más cálida y la más próxima, es frágil: no porque el tiempo la oxide, sino porque el miedo, la presión o la soledad pueden más que ella. Y aún así, tener la fortuna de creer en un "nosotros", dejándose uno hacer la ilusión de que su credo, éste sí, sí será imperecedero. No sé si Alatriste lo firmaría, pero es lo que al final queda: "Sin fiebre, desconfiar de todo y confiar solo en Íñigo, en Quevedo, en La Lebrijana". Aunque sin olvidar que D-503 delató a I-330: accedió a operarse y su amor cedió; y que Winston Smith y Julia también se delataron, mutuamente. Sí, el vínculo personal, sometido a presión suficiente, también cede.
Es decir que, al final, aunque se opte por la creencia en 'nosotros', tampoco ésta es indefectible ni está blindada contra el de acabar siendo un mito una vez pase su tiempo de esplendor. La inteligencia no consiste en distinguir la realidad de la ficción, sino en no equivocarse de ficción y en elegir la fabulación del "nosotros" frente a todas las demás: pese a su fragilidad, seguramente sea la que más amparo da al hombre.
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