Prefieren creer a juzgar

Como todos prefieren creer a juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa (Séneca, Sobre la felicidad)


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Alatriste y la única fe posible

¿En pleno Siglo de Oro, en la católica España, acaso era posible que un hombre común, no uno escogido, dígase un Descartes, un Hobbes, un Spinoza, se pudiera desenvolver, como Alatriste, con una moral religiosamente fría, solo laica, incluso pragmática? Es la pregunta que me planteaba en el post anterior.

Pérez Reverte quiere que ello sea posible. Es verdad que su personaje Alatriste no pudo salirse de su tiempo, pero sí distanciarse al menos lo suficiente para no quedar impersonalmente atrapado en él. No podía concebir el Mundo fuera de las mismas coordenadas en las que él mismo estaba plantado, pero sí ver a Dios y a su Iglesia y a la Patria y a su Rey a cierta distancia. No era un hombre de vanguardia, pero sí un transgresor.

Llegar a salirse de su tiempo implica deshacerse de las creencias en las que uno nace y ello es muy difícil, una proeza imposible para casi todos, no solo por el esfuerzo de clarividencia intelectual que requiere sospechar de que lo que parece necesaria realidad, en realidad, solo es arbitraria fabulación, sino también de fortaleza de carácter porque, una vez fuera de la realidad en la que el resto vive, el extemporáneo tiene que atenerse a una de estas dos alternativas:

O vivir en ninguna parte, es decir, en la nada, y el nihilismo, a la vista está hoy en día, es el mayor antagonista de la vida: o vivir en el futuro, en un tiempo todavía in fieri, inexistente para la mayoría y, por tanto, estar dispuesto a pagar a los coetáneos el precio de la excomunión, que es el peor de los castigos, porque nadie es humano a solas, socialmente desemparentado, ni siquiera el novelesco Alatriste, que era el que era, gracias a Íñigo, a la Lebrijana, a Quevedo, a Copons, a Guadalmedina... con quienes les unía una lealtad inusual, pero suficiente.

Y es precisamente esta lealtad la que hace de Alatriste alguien afortunado a pesar del peso de la contingencia de la vida. El novelista le ha otorgado la suerte y el acierto, las dos cosas, de encontrar en la vida, dura y gris, un manojo de personas que no le impiden ser él, que no le dificultan, en su rareza, ser fiel a sí mismo, sino que, al contrario, con su respeto lo alientan.

Junturas así, que no implican la renuncia a la idiosincrasia ni el mercadeo con la íntima propensión de uno, que no obligan a abdicar de uno mismo para conseguir la aceptación y el cariño de otros en la dosis mínima necesaria para que la vida sea humanamente vivible, son una formidable fortuna, un tesoro de valor incalculable.

De hecho, solo este género de junturas es la condición de posibilidad de que la fermentación del "yo" en "nosotros" sea duradera y tan sólidamente consistente que pueda llegar a convertirse en la principal creencia en la que se está y de la que se vive, por supuesto, más acá y más allá de cuáles sean las azarosas y provisionales creencias que tocaron en suerte, más acá y más allá del tiempo en el que uno cayó.

Este "nosotros", en el que cada uno puede ser el que aspira a ser, es la única creencia merecedora de la mayor lealtad que un ser humano puede brindar, y también lo más próximo a la incondicionalidad de los filósofos y de los teólogos. Este "nosotros", esta creencia, se llama pareja, familia, amistad... No es, desde luego, un credo de muchos nombres.

Este ansia mío por descreer de hoy, si va seguido por el ansia de creer en mañana, no me hace menos crédulo que los aborregados de mi alrededor, porque todos los Mundos sido y todos los que serán no son sino una arbitraria fabulación con prestancia de necesaria realidad.

Por tanto, no se trata de levantar las faldas a este Mundo y verle sus vergüenzas fabulísticas para postular otro Mundo, por venir, más moderno, preso en la ingenuidad de que ése no será una fantasía y sumido en la desgracia de que por tu estupidez estarás solo, excomulgado, desemparentado.

Así que lo único que queda es ser escéptico de oficio ante cualquier Mundo, presente o futuro, sin la fiebre de querer salirse de él, pues basta saber tomar distancia interior; y tener la fortuna de poder creer en un "nosotros", haciéndose la ilusión de que su credo, éste sí, sí es imperecedero. No sé si Alatriste lo firmaría, pero es lo que al final queda: "Desconfiar de todo y confiar solo en Íñigo, en Quevedo, en La Lebrijana".  Al final, es la razón cordial. 

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