"Esa retorcida ética era muy de la época entre la gente del bronce, y yo mismo, que frecuenté tales ambientes en mi juventud y el resto de mi vida, doy fe de que en los más desalmados malandrines, pícaros, soldados y chusma a sueldo, advertí más respeto a ciertos códigos y reglas no escritas que en gente de condición supuestamente honorable"
(A. Pérez-Reverte, Limpieza de sangre)
Sabía que en una situación como aquélla, de manifiesta desigualdad, Malatesta no hubiera gastado esos escrúpulos con él. Sin embargo, decidió dejarlo vivir. No es que lo perdonara; es que su código moral le marcaba ciertos límites. No era un inmoral y mucho menos un amoral. Aunque su oficio fuese matar, bien como soldado, bien como sicario, tenía sentido del bien y del mal y trataba de ser consecuente con él.
De ahí, por ejemplo, que en cierta ocasión impidiera que el malhadado Malatesta finiquitara a ese perilustre inglés que viajaba de incógnito por España, cuando su compañero, otro inglés, casi tan ilustre como aquél, en la pelea no le pidió cuartel para sí, sino para su joven protegido, en grave peligro a manos del italiano.
En pleno fragor de la pelea, Alatriste se sintió interpelado por este gesto de altruismo. Su contrincante parecía valorar más la vida de su compatriota que la propia y, por eso, antes de ser responsable de una muerte indebida, prefirió suspender el trabajo de espadachín para el que había sido oscuramente contratado.
***
En el siglo XVII, en la muy católica España, había dos creencias primordiales -Dios y Patria- de las que era difícil abstraerse. Sin embargo, la guerra, asistir al espectáculo de la vida en toda su crudeza, había hecho desarrollar a Alatriste un inteligente escepticismo vital:
"Eso era lo desconcertante del capitán: podía mostrar respeto hacia un Dios que le era indiferente, batirse por una causa en la que no creía, emborracharse con un enemigo, o morir por un maestre de campo o un rey a los que despreciaba"
¿En pleno Siglo de Oro acaso era posible que un hombre común, no uno escogido, dígase un Descartes, un Hobbes, un Spinoza, se pudiera desenvolver, como Alatriste, con una moral religiosamente fría, solo laica, incluso pragmática?
Aun sin entregar su corazón ni a Dios ni al Rey, Alatriste era formalmente respetuoso con estas creencias, si bien, más que nada, por consideración con quienes, jugándose la vida en el campo de batalla, recurrían a ellas buscando fuerza y consuelo. Mas él, creer, lo que se dice creer, creía en sí mismo más que en ninguna de las convenciones de su tiempo y eso me causa enorme admiración:
"No he cambiado de bando -dijo Alatriste-. Yo siempre estoy en el mío. Yo cazo solo".
La fidelidad a uno mismo es la fuente de la libertad. Empeñarse en esto, ya el solo hecho de intentarlo, es humanamente heroico. Es un ideal regulativo al que, no por inalcanzable, se debe renunciar, porque, también en esto, uno es homo viator y lo más importante no es llegar a la meta, sino inventársela y ponerse en camino hacia ella con la mejor compañía posible y con la mayor sensación posible de sentido.
El papel lo aguanta todo. Por eso, Alatriste, personaje de ficción, puede encarnar exitosamente eso que llamo la moral del propio bando. De hecho, lo más valioso de él no es la valentía ni el honor, sino la lucidez de su mirada. Gracias a ella, logra distanciarse de su tiempo lo suficiente para sortear el realismo ingenuo —creer que las cosas son como parecen— y administrar con descreimiento sus creencias y con libertad sus lealtades.
La vida real, en cambio, no admite borradores, es breve, demasiado, y puede ocurrir que sea tarde cuando uno, hombre de carne y hueso y no de ficción, sienta la necesidad y tenga la lucidez de enmendar el personaje de realidad que es, habiendo ya malgastado parte de sus días, de sus energías y de sus afectos, en afanes y creencias fútiles, y alistado en el bando errado.
Para no tener una vida fallida, a tiempo hay que impedir que otros quieran por uno y lograr que uno sepa qué querer, aunque sea algo imposible. En este sentido, Alatriste es un ejemplo no heroico -santo anónimo, no de altar- de una ética singular: la fidelidad al propio criterio frente a cualquier lealtad impuesta. Eso que aquí llamo la moral del propio bando.
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