Prefieren creer a juzgar

Como todos prefieren creer a juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa (Séneca, Sobre la felicidad)


sábado, 28 de febrero de 2026

El 4 de abril que la escuela no sabe enseñar

"Esa era la sutileza definitiva: provocar conscientemente la inconsciencia para después, una vez más, hacerse inconsciente del acto de hipnosis que uno acaba de llevar a cabo" (G. Orwell, 1984)


Acabo de releer 1984 de G. Orwell y me quedo con esta desasosegante pregunta: ¿es real la democracia hoy en día? Jamás en la historia el "poder" había dispuesto de herramientas que le permitieran un nivel de vigilancia y de control tan profundo y exhaustivo como el que tiene ahora.

Cuesta creer que tal potencial tecnológico permanezca ocioso. Basta observar cómo la "minería de datos" insensiblemente ha pasado de ser una formidable herramienta comercial a una fabulosa "arma" de arquitectura política, o cómo ciertos dispositivos de uso cotidiano se han revelado como "centinelas silenciosos" al servicio de intereses de diversa naturaleza que no conocen frontera ni control político.

Las democracias, que en el S. XX se hicieron fuertes como reacción sociopolítica a la barbarie de los totalitarismos de uno y otro signo, parece que insensiblemente se van vaciando de sí mismas y convirtiendo en una suerte de nuevo "totalitarismo" de cuño tecnológico en el que el trasiego ideológico es solo una distracción de índole política al servicio del poder económico, que es el verdadero poder. 

Hasta ahora las democracias salvan más o menos las apariencias porque el debate de la libertad, por lo general, sigue romamente planteado en la mera ausencia de impedimentos materiales, legales y morales que puedan entorpecer la realización de la "libre" voluntad de los ciudadanos, y no en la gestación misma de su voluntad.

Entendida así la libertad, cabría pensar que a mayor nivel de vida y de seguridad jurídica, más libertad habría. Pero esto es verdad solo a medias. Ningún hombre habría podido ser tan libre como el de la contemporánea sociedad del bienestar, especialmente si se considera que nunca antes el ser humano había estado tan escolarizado y cultivado académicamente como él. Esta democratización del saber debería ser la garantía última de su autonomía, de la soberanía intelectual sobre sus creencias y su estilo de vida.

Sin embargo, es razonable pensar que, en realidad, éste es un hombre fallidamente libre y que en el origen de dicho fracaso está la omnipresencia tecnológica. Bajo la apariencia de comodidad, estas herramientas han entregado el control de la vida privada y, más aún, de los mecanismos de gestación de las apetencias y, en consecuencia, de la voluntad a los poderes fácticos, ya sean éstos económicos, políticos o sociales.

Decía Schopenhauer que nadie es libre de su propia voluntad, que nadie puede elegir lo que quiere. Se puede elegir si realizarlo, pero no si quererlo. De ahí la gravedad de que hoy el "poder" tenga este poder y además lo pueda ejercer con más sutileza, discreción y eficacia que nunca. Esto hace creer que la libertad tiene hoy más de evanescente sensación que de efectivo derecho individual. El rastro digital que deja el ciudadano al vivir es tan abismal e inevitable que, debidamente "metabolizado" por la portentosa inteligencia artificial, conduce a un novedoso determinismo sociotecnológico de la voluntad.

Hoy habitamos un entorno digital diseñado con la precisión de un laboratorio para que no se pueda salir de él. El teléfono se consulta más de ochenta veces al día, muchas sin estímulo externo que lo provoque, solo por puro reflejo. La publicidad parece escuchar conversaciones que nunca se autorizaron. Y los algoritmos que deciden lo que uno lee, no trabajan para su información, sino para su retención, porque su atención es la mercancía. No hay censura. No hace falta; basta con elegir cuidadosamente lo que el usuario nunca llega a ver.

Poder echar una papeleta en la urna electoral cada vez se lo soliciten le hace sentir el hombre más libre de la Historia, olvidándose de que también es el hombre más vigilado. Si el esclavo pudo dejar de ser propiedad para convertirse en persona y el proletario pudo pasar de ser herramienta de producción a sujeto de derechos, el ciudadano bigdata también podrá aprender a ser disidente en la sociedad de la transparencia. Pero para eso necesitará saber lo que no sabe: que su voluntad no es suya.

Por eso, lamentablemente poco se dice lo apremiante que es hoy una educación que siembre en el alumno la semilla de la sospecha inteligente, de manera que consiga su propio "4 de abril de 1984", fecha en la que Winston Smith, protagonista de 1984, empezó a escribir su diario, es decir, empezó a permitirse dudar de la realidad en que vivía, de su inevitabilidad.

En un momento en el que las ciencias humanas, en comparación con las ciencias experimentales, están tan desprestigiadas, el estudio de la Historia se hace imprescindible para entender que el presente, también el de hoy, no es inevitable; y el de la Literatura, para entender desde dentro de los personajes los mecanismos profundos por los que la voluntad humana se deja conducir, seducir o domeñar. Winston Smith es un espejo en el que el ciudadano de hoy está obligado a mirarse.

Los bonsáis ya no se hacen mediante el arte de la poda meticulosa, sino de la manipulación genética de sus semillas, de modo que en su naturaleza esté no "querer" crecer. La inteligencia de una voluntad domeñada no sabe imaginar lo que no hay, ni inventar otra realidad cuando ésta no le causa insatisfacción.

Ninguna legión de soldados ni de confesores lo habían conseguido con tan extremo éxito como hoy los algoritmos que tejen la realidad digital desde cuyo interior el ciudadano se asoma a la realidad sin sospechar que cuanto ve sea solo una cavernosa sombra.

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